El Festival de Otoño vuelve a traer al teatro Albéniz a los Ballets Trockadero de Monte Carlo, seguramente la compañía más comercial de la programación y la más divertida. Hasta el día 25 los “trocks” demostraran que con talento y humor se pueden reír de las coreografías más sagradas. Como regalo al público madrileño estrenan en España “Majísimas”, de clara inspiración hispana con música de Jules Massenet.
Desde 1974 esta compañía integrada únicamente por hombres recorre el mundo para diversión o enfado de los amantes de la danza. Los que critican que una bailarina levante la pierna 43º en lugar de 45º o den solamente 33 “fouetes” creen que es un sacrilegio artístico lo que hacen los “trocks” con piezas como El lago de los cisnes” o “Don Quijote”. Los más eclécticos se limitan a gozar con estos formidables bailarines que suben su musculatura masculina a las zapatillas de punta y se enfundan en tutús clásicos.
Espectáculo meta-teatral

Los espectáculos de los Ballets Trockadero van más allá de la danza. Teatralizan el baile introduciendo chistes visuales que ponen en solfa todas las manías de los bailarines “serios”. Todo ello sin dejar de mostrar una envidiable técnica, como la evidenciada en el Albéniz en el paso de dos “Diana y Acteón” o en el “Grand Pas de Quatre”, lo mejor de la velada.
Su carta de presentación es “El lago de los cisnes”, con momentos delirantes y lleno de guiños inteligentes. Además, en la más pura tradición de los grandes ballets, anuncian al comienzo que una de las más reputadas –y ancianas- divas del clásico accede a regalar al público “La muerte del cisne”. Esta breve pieza también es imprescindible en sus actuaciones y siempre –siempre- provoca sonoras carcajadas. Esta vez no es su momento más logrado.
Majísimas
Este ballet, basado en “El Cid” de Massenet, parece inspirado en la escuela bolera y Trockadero lo baila casi con total seriedad. Seguramente, al ser estreno, están fijando la coreografía antes de comenzar a distorsionar algunos momentos. O no creyeron que fuéramos capaces de reírnos de nuestras propias tradiciones. Es una pena que en esta pieza no se atrevan con los palillos, porque podrían lograr “gags” memorables. Aún así se vieron variaciones extraordinarias que más de algún reputado profesional envidiaría. Una fiesta teatral que se ve con la sonrisa permanente y con abundantes carcajadas.