Veinte días después de que las aguas se desbordaran en Coslada, San Fernando y Rivas, arrasando a su paso las infraviviendas del poblado del Gallinero y parte de la Cañada Real, ha vuelto a ocurrir. Esas lamentables imágenes de los niños descalzos y medio desnudos chapoteando entre el barro, mientras las autoridades se cruzan acusaciones de culpabilidad. Al parecer, las semanas transcurridas no han servido para que se adoptara alguna medida. Al parecer, esos niños no tienen las mismas garantías que otros, escolarizados, calzados y más afortunados.
Después de escuchar, durante muchas jornadas, cómo los gobiernos del mundo “civilizado” descargaban una intensa lluvia –auténtico temporal- de millones sobre los bancos y entidades financieras, para salvarles de la crisis y a todos de la quema, cuesta creer que esos mismos gobiernos no encuentren en sus bolsillos una solución para estos poblados. Vivir allí, que esos niños crezcan en esas condiciones, sí que es denigrante para la condición humana; mucho más que ganarse la vida haciendo de hombre-anuncio.
Se avecinan nuevas lluvias; dicen los meteorólogos que el otoño será muy húmedo. ¿No habrá manera de evitar que se repitan escenas como las que hemos visto ya dos veces en los últimos 30 días? ¿Cuándo será prioritaria la atención social, por delante de las infraestructuras o las grandes operaciones urbanísticas?