Nino Olmeda
martes 26 de febrero de 2008, 00:00h
Actualizado: 03/03/2008 19:31h
Después de más de 15 años sin debates durante las distintas campañas electorales celebradas desde que Felipe González y José María Aznar se enfrentaran cara a cara en los años 90, de nuevos los candidatos del bipartidismo se sentaron para celebrar la tan esperada cita, en presencia del moderador Manuel Campo Vidal, quien se comportó todo lo correcto que permitían las normas acordadas entre populares y socialistas.
Quizá los defensores de los debates preferimos que el conductor haga más de periodista que de notario, que el color de las corbatas y las severas órdenes de no hacer esto y sí lo otro a la hora de enseñar los perfiles de los actores principales sean menos determinantes que los discursos y propuestas electorales.
Nos habría gustado más que Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, en vez de mostrar sólo la cara más amarga y desagradable del otro, hubiesen puesto sobre la mesa qué harán si ganan las elecciones para mejorar la sanidad, la educación, los servicios sociales; para afrontar los problemas que la economía mundial ha traído a la Unión Europea y a España, y para ayudar a los que las crisis económica ha pillado con pocos ahorros a la hora de afrontar el desequilibrio entre los incrementos salariales y las subidas de la leche, el pan y demás artículos de primera necesidad, además de los precios de las gasolinas y las hipotecas.
Pues de eso, nada de nada, se dedicaron a ganar para los suyos, garantizando de esta manera su fidelidad de voto y su total negativa al dar su apoyo al malo del otro partido. Los que tenían decidido votar a Rajoy comprobaron que su candidato es un chico duro y contundente con Zapatero, quien cumplió con los que ya sabían que el del PP es confrontador y exagerado.
Como estaba pactado que el arbitro no podían más que mirar el reloj y agradecer a ambos lo respetuosos que estaban siendo con la normas mordaza acordadas, cada uno decía lo que le parecía bien y en las respuestas repetían los previsto para estos casos sin verse obligados a responder a las preguntas del contrario.
Aunque el formato es un ejemplo de lo correcto políticamente y de lo que no debe ser un buen debate, su sola realización después de tantos años de ausencia de ellos es todo un éxito y puede ser el primer paso para que en el futuro, además de ser una obligación de los que aspiran a gobernarnos, se conviertan en uno de los mejores y más directos sistemas para conocer sus propuestas.
Eso incluye que todos presten menos atención a las sonrisas, a la situación de la silla o a las miradas de los actores a sus preparadores y se preocupen más de que cuenten lo que quieren hacer, con agilidad, incluso confrontando con el otro, porque los ciudadanos no estamos para esos cuentos de hadas y brujas malas que nos presentan Zapatero y Rajoy, de quienes se espera que dediquen la segunda vuelta del debate a convencernos de las bondades de su programa y no a insistir en la que se nos viene encima si no les votamos a ellos.
El resumen del resumen, como gusta decir el alcalde de la capital, Alberto Ruiz-Gallardón, es que, a pesar de que el debate podría haber sido otra cosa que una repetición de monólogos, más vale esto que nada.
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Periodista. Empezó su carrera profesional en El Socialista, colaboró con medios como Diario 16 e Interviú y durante casi una década intervino en tertulias de la Cadena Ser. Fue presidente de Tele K (televisión de Vallekas). Durante más de 30 años se dedicó a la información autonómica en Servimedia, Ha recibido numerosos premios de la Asamblea de Madrid, el Gobierno regional, la ONCE, Canal 33 y premio APM, entre otros. También ha recibido, tras su jubilación que no retirada, un homenaje de los todos los presidentes de la Comunidad de Madrid y de la Asamblea autonómica. En la actualidad, colabora con Madridiario y Zarabanda.
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