Hay ciudades que utilizan sus fiestas para proyectarse hacia el futuro. Madrid parece usar San Isidro para reconocerse en el reflejo de su propia memoria.
Cada 15 de mayo, la ciudad vuelve a la Pradera como si obedeciera una costumbre antigua que nadie ha terminado de olvidar del todo. Cambian los siglos, cambian las modas y cambian incluso los barrios, pero la escena sigue ocurriendo casi igual: mantones, rosquillas, vermú, organillos, césped seco de mayo y miles de personas reuniéndose junto al río para celebrar algo que va mucho más allá de un santo.
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Doscientos años después, Madrid sigue en la Pradera
Madrid cambia constantemente, pero cada 15 de mayo vuelve al mismo lugar: la Pradera de San Isidro. Un recorrido sonoro por la verbena más castiza, el Madrid de Goya, el chotis, las rosquillas y esa extraña necesidad que tiene la ciudad de seguir reconociéndose en sus propios rituales.
La fiesta de San Isidro tiene algo extraño: cuanto más moderna se vuelve Madrid, más necesidad parece tener de regresar a ella. En una ciudad acelerada, llena de pantallas, franquicias y terrazas idénticas a las de cualquier otra capital europea, la Pradera sigue funcionando como una cápsula de memoria colectiva.
Y eso ocurre desde hace siglos.
Cuando Francisco de Goya pintó La pradera de San Isidro a finales del siglo XVIII, no retrató únicamente una romería religiosa. Pintó una ciudad entera observándose a sí misma. Allí aparecían majos, aristócratas, vendedores ambulantes, familias populares, carruajes y escenas cotidianas que convertían aquella fiesta en un verdadero retrato social del Madrid de la época.
Lo fascinante es que muchas de esas imágenes siguen existiendo hoy, aunque hayan cambiado de forma.
Ahora los móviles sustituyen a los abanicos, las zapatillas deportivas asoman bajo el traje de chulapo y los vídeos para TikTok conviven con el sonido de los organillos. Pero la esencia continúa siendo reconocible: Madrid baja a la Pradera para mezclarse, para dejarse ver y para sentirse parte de una ciudad compartida durante unas horas.
Porque San Isidro nunca fue solamente una celebración religiosa. También fue una enorme verbena popular donde la ciudad se encontraba consigo misma. De hecho, históricamente acudían tanto las clases populares como las acomodadas. Muchos iban a bailar o a beber agua de la fuente. Otros simplemente acudían a mirar el espectáculo humano que se formaba alrededor de la romería.
Y luego está el chotis, convertido hoy en símbolo absoluto de Madrid pese a que ni siquiera nació aquí. El baile llegó desde Centroeuropa en el siglo XIX bajo el nombre de schottisch, pero Madrid acabó apropiándose de él hasta hacerlo completamente suyo. Algo muy parecido a lo que la ciudad ha hecho siempre con las influencias que han pasado por ella: mezclarlas, transformarlas y convertirlas en identidad propia.
También sobreviven las rosquillas listas y tontas, los barquillos, las gallinejas, las verbenas nocturnas y la costumbre de beber el agua de la fuente de San Isidro, asociada desde hace siglos a supuestos milagros y propiedades curativas. Y quizá ahí esté una de las claves de la fiesta: no importa tanto creer literalmente en el milagro como participar en un ritual que conecta a generaciones distintas bajo los mismos gestos.
Madrid cambia constantemente. Derriba edificios, sustituye comercios históricos y reinventa barrios enteros. Pero cada 15 de mayo vuelve a la Pradera.
No para detener el tiempo —eso es imposible— sino para comprobar que todavía existen lugares donde la ciudad puede reconocerse sin demasiadas explicaciones.
Porque hay tradiciones que sobreviven no por costumbre, sino porque una ciudad necesita seguir contándose a sí misma quién es.