El 9 de diciembre de 1759, Madrid no amaneció con sol ni con fiesta. Lo hizo bajo un aguacero que convirtió las calles en ríos de barro. Ese día, la ciudad esperaba la entrada de Carlos III, el monarca que llegaba desde Nápoles para asumir el trono de España y que acabaría transformando la Villa en una capital moderna.
La escena fue insólita: carruajes chapoteando, caballos inquietos, soldados con los uniformes pegados al cuerpo y un pueblo que, pese a la tormenta, no quiso perderse el cortejo real. Carlos III traía consigo la experiencia de veinticinco años de gobierno en Italia, donde había impulsado reformas económicas, culturales y urbanísticas. Nápoles fue su laboratorio político, y Madrid sería su gran obra.
Su carácter austero y práctico contrastaba con la pompa borbónica. Vestía sin ostentación, trabajaba con disciplina y gobernaba bajo el lema ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Por eso la historia lo recuerda como el “mejor alcalde de Madrid”.
Nada más llegar, el rey se sorprendió por el estado de las calles. “¿Por qué huelen tan mal?”, preguntó. Un cortesano respondió: “Señor, Madrid es así porque no tiene mar que la limpie”. La réplica del monarca fue tajante: “Pues habrá que ponerle alcantarillas”. Y cumplió su palabra. En los años siguientes ordenó construir los primeros colectores y prohibió el famoso grito de “¡agua va!” que acompañaba a los desperdicios lanzados por las ventanas.
Aquellos colectores eran galerías abovedadas de ladrillo y piedra, estrechas y oscuras, que serpenteaban bajo las calles principales. Su misión era recoger las aguas sucias y la lluvia para que no se mezclaran en superficie. Conectaban pozos negros y desagües domésticos con puntos de evacuación hacia el Manzanares. No tenían ventilación ni sistemas de bombeo; eran rudimentarios, pero para una ciudad acostumbrada al barro y al hedor, aquello era casi ciencia ficción. Por primera vez, Madrid empezaba a esconder su suciedad bajo tierra.
Hoy, cuando paseamos por el Paseo del Prado o cruzamos la Plaza Mayor, seguimos los pasos del monarca que soñó con una ciudad limpia y ordenada. Bajo nuestros pies, más de 16.000 kilómetros de alcantarillado son herederos de aquella primera idea nacida bajo la lluvia.
Entre la lluvia y el barro germinó un sueño: levantar una ciudad ilustrada, limpia y orgullosa, donde el futuro se escribiera en cada calle recién trazada.
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