El 22 de noviembre de 1559, Felipe II firmó en Aranjuez una pragmática que marcaría el rumbo intelectual de España durante más de dos siglos: la prohibición de que los españoles estudiaran en universidades extranjeras. El objetivo era blindar la ortodoxia católica frente a las ideas reformistas que agitaban Europa y evitar la fuga de capitales. Pero, en realidad, fue un candado ideológico que cerró las ventanas al mundo en pleno Renacimiento.
Madrid, entonces villa cortesana, apenas contaba con instituciones educativas incipientes, como el Colegio Mayor del Rey (1551) y el futuro Colegio Imperial de los jesuitas (1561). La Universidad Complutense brillaba en Alcalá, mientras Salamanca y Valladolid eran faros del saber. Estudiar era privilegio de nobles y funcionarios, y los más pobres dependían de becas en colegios menores, sometidos a disciplina férrea y castigos físicos. La educación era un lujo, y la pragmática convirtió las universidades españolas en fortalezas cerradas.
La orden permitía excepciones en territorios de la Corona de Aragón, como Coímbra, Nápoles, Bolonia o Roma, pero el resto quedaba vetado. Europa hervía de novedades: humanismo, ciencia, reformas religiosas. Felipe II temía que esas corrientes cruzaran fronteras y se instalaran en las conciencias. Así, la ortodoxia vigiló cada página, cada palabra, cada pensamiento.
Sin embargo, algunos jóvenes lograron escapar hacia Bolonia o Roma con patrocinadores privados. De ahí surge una curiosidad: en Toledo se llamaba “bolos” a los estudiantes que regresaban de Bolonia, cargados de latinajos y costumbres italianas. En Salamanca, la celebración era distinta: los graduados pintaban su nombre en rojo sobre los muros universitarios con sangre de toro, símbolo de victoria académica. Dos costumbres que revelan el orgullo de aprender en tiempos de restricciones.
Este candado ideológico se mantuvo vigente en la legislación hasta la Novísima Recopilación de 1805 y no se deshizo hasta las reformas liberales de 1834-1837. Entonces, las Cortes borraron la norma sin ceremonia, y España abrió por fin sus ventanas al mundo. Madrid respiró ideas nuevas, y los jóvenes pudieron cruzar fronteras sin miedo. El candado se oxidó, y con él, la España inmóvil que Felipe había imaginado.
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