Madrid, 11 de octubre de 1756. Ese día, doce hombres juraron su cargo como los primeros carteros oficiales de la Villa. Sin uniforme, pero con bastón y bolsa de cuero, comenzaron a recorrer las calles de Lavapiés, La Latina y el barrio de los Austrias llevando cartas, noticias y, a veces, versos. Con ellos nació el correo urbano en Madrid, impulsado por Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla y reformista ilustrado.
Hasta entonces, las cartas viajaban a tientas: las entregaban criados, mozos de recados o viajeros ocasionales. No había buzones ni calles numeradas, y la palabra escrita podía perderse entre el bullicio. Campomanes lo sabía: una ciudad moderna necesitaba un sistema fiable. Así, en una sala del Ayuntamiento, los doce hombres juraron su cargo. Uno, analfabeto, firmó con una cruz temblorosa. Las rutas se trazaron con tiza sobre un mapa: desde la Puerta del Sol hacia Lavapiés, La Latina, la Plaza Mayor y Recoletos.
Los carteros caminaban entre diez y quince kilómetros diarios. En días de lluvia, se envolvían en capas de paño grueso. Por cada carta entregada recibían un cuarto de real de vellón, lo justo para un panecillo o un vaso de vino. En los balcones, las vecinas bajaban cestas con manzanas a cambio de misivas. Y entre ellos destacó Don Julián, el cartero poeta: leía cartas en voz alta a quienes no sabían leer y añadía versos propios para suavizar mensajes dolorosos. Sus “poesías de paso” se hicieron leyenda en los portales y tabernas.
Desde aquel 11 de octubre, Madrid aprendió a esperar. Porque en cada carta viajaba algo más que tinta: viajaba el aliento de quienes no podían estar. Los carteros se convirtieron en cronistas de la Villa, portadores de rumores, ausencias y promesas. Hoy, en la era de los mensajes fugaces, olvidamos que hubo un tiempo en que cada carta era un acto de fe. Y que en las manos de aquellos hombres comenzó la historia de la comunicación urbana en Madrid.
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