El año 2019 el teatro de la Zarzuela estrenó una nueva producción de Doña Francisquita, dirigida escénicamente por Lluís Pasqual. No gustó en absoluto a sectores inmovilistas del género lírico español, que intentaron boicotear alguna representación y obligaron a intervenir al entonces director del teatro. Ahora se repone ese montaje que, pasado el tiempo, se me revela como muy inteligente y, desde luego, rompedor. En la presentación, algunos descendientes de los autores declararon que no les gustaba esta versión, que estaban en desacuerdo con ella. Pero han autorizado las representaciones…
La obra del maestro Vives y de los libretistas Romero y Fernández Shaw está ligada a la historia del teatro de La Zarzuela. Aunque se estrenó en el desaparecido teatro Apolo en 1923, este título fue el que recuperó a La Zarzuela en 1956 tras una profunda reforma a cargo de la Sociedad General de Autores. Don José Tamayo la eligió para la reapertura, seguramente por ser una de las obras más completas y con una gran partitura, que mantiene todo su esplendor. Alfredo Kraus logró un éxito apoteósico. Tamayo volvería a montarla en este escenario en 1972. José Luis Alonso o Emilio Sagi, son otros directores de escena que también la han montado aquí.
El argumento de Doña Francisquita está inspirado en La discreta enamorada, de Lope de Vega. En la propuesta de Pasqual apenas queda nada del libreto original, que lo resume en escena un personaje inventado -un director o realizador- que aparece en los tres actos. Lo encarna con mucho humor el actor Gonzalo de Castro quien, al comenzar el tercer acto, hace broma con las protestas de los herederos a la versión que ensayan.
Pasqual plantea la obra en tres épocas y situaciones. El primer acto transcurre en un estudio de grabación discográfica donde se registra para exportar la zarzuela a Europa. Los intérpretes no dejan de interrumpir la grabación porque se les han cortado sus pasajes hablados.
En el segundo acto, ambientado en 1962, la incipiente televisión realiza una transmisión en directo de la zarzuela, lo que permite a Pasqual desplegar un funcional plató, con los intérpretes entrando y saliendo de plano y los técnicos atrezando el estudio.
Finalmente, el tercer acto transcurre en el ensayo de una modernísima versión, mientras se proyecta la versión cinematográfica de 1934, protagonizada por Raquel Rodrigo. Un film, por cierto, con una rocambolesca producción dirigida por el judío alemán Hans Behrendt. Lluís Pasqual logra momentos de extraordinaria belleza, como los de coro de románticos o el fandango, con una vibrante coreografía de Nuria Castejón. Y aquí introducen una sorpresa. Se supone que va a acudir al ensayo una gran maestra. Entonces aparece Lucero Tena entre el delirio del público. La veterana instrumentista de castañuelas, a sus 85 años, se pone al frente de la orquesta para interpretar el fandango. El público se pone en pie y la aclama. Luego sigue el ensayo hasta el vibrante Canto alegre de la juventud, con el que termina la representación. Durante ella han vuelto a triunfar las romanzas conocidas: Canción del ruiseñor, Por el humo se sabe…o el Marabú.
Seguramente, una adaptación como esta, con la partitura en todo su esplendor, puede servir para aficionar a la zarzuela a un público desconocedor del género, o remiso a ir a verlo.
Doña Francisquita está plagada de dificultades para todos los intérpretes. Con momentos de gran exigencia vocal o instrumental, deben rendir al máximo. Normalmente, casi todos los espectadores conocen los números y no perdonarían fallos.
Sabina Puértolas e Ismael Jordi dan vida a Francisquita y Fernando en el primer reparto. Junto a ellos Ana Ibarra como Aurora y Enrique Ferrer como Cardona. Los veteranos Santos Ariño y Milagros Martín encarnan al padre de Fernando y a la madre de Francisquita. Guillermo García Calvo dirige la orquesta. La escenografía y vestuario son de Alejandro Andújar.
Doña Francisquita se ofrece en el
teatro de La Zarzuela con diez funciones entre el 19 y el 30 de junio.