El director ovetense Ángel García Moreno (1945-2023), alejado de la escena desde hace veinte años, ha fallecido a los 77 años. En 2003 estrenó su último montaje, Tomar partido, en el teatro donde desarrolló su actividad durante casi dos décadas: el Fígaro de la calle Doctor Cortezo. Allí obtuvo éxitos apabullantes y sonoros fracasos de taquilla. La pérdida de ‘su’ teatro fue el detonante para que se alejara de la escena para siempre, dejando atrás una carrera francamente interesante.
Con 18 años se vino a Madrid para dedicarse al teatro. Su primer trabajo fue como figurante en el montaje de Proceso al arzobispo Carranza, dirigido por José Luis Alonso en el Teatro Nacional María Guerrero, del que sería meritorio. Después, sería ayudante de dirección de Miguel Narros durante cuatro años. A comienzo de la década de los setenta ya comenzó a trabajar en solitario como productor y director. En el desaparecido teatro Beatriz le montó a su maestro Narros Sabor a miel. Después debutó como director en el Alfil con la obra El lugar donde mueren lo mamíferos. Paralelamente fundó con el actor Pedro Civera, al que había conocido en el TEU asturiano, la compañía Ruiz de Alarcón. El Alfil, entonces cine, sería el punto de partida de su trabajo, dirigiéndolo entre 1974 y 1980. Allí estrenó, entre otras obras, El bebé furioso, 1974; El realquilado; 1975 o Kitú, 1977. Y también dio a conocer al chileno Jorge Díaz. Ese mismo año 1977 logró su primer gran éxito: Los hijos de Kennedy y mostró la que iba a ser su característica principal, un reparto plagado de estrellas. Siguió trabajando en el teatro Marquina, gozando casi siempre del favor del público. Claro: ¿quién iba a resistirse a ver Paso a paso con Ana Marzoa, Mari Carmen Prendes, Encarna Paso, Aurora Bautista… en el reparto? En el Infanta Isabel consiguió reventar la taquilla con la comedia sensiblera Alicia en París de las Maravillas, que se eternizó en varios teatros y en giras interminables. La protagonizaron Rafaela Aparicio y Lola Herrera, una actriz con la que trabajaría repetidamente hasta 1994.
A García Moreno le gustaba el teatro anglosajón y montarlo a la manera tradicional: buenos intérpretes, bonitos decorados y vestuario elegante. Proporcionó triunfos personales a Mari Carrillo y Concha Velasco (Buenas noches, madre); a Verónica Forqué (María la mosca, Agnus Dei, Sublime decisión)… reunió en dos ocasiones a las hermanas Gutiérrez Caba. Primero las dirigió en Leyendas (1988) y después en Siempre en otoño, 1993, la última aparición de Irene.
Algunos de los éxitos foráneos que importó, no interesaron al público español, como MButterfly, 1989, Amor, coraje y compasión, 1995 o La opinión de Amy, 1998.
Finalmente recaló el teatro Fígaro, de la empresa García Ramos, que, desde 1980, estaba dirigido por Julio Mathías. En él estrenó más de treinta producciones. El día de Gloria, de Paco Ors, 1983, fue de las primeras obras españolas con un personaje declaradamente homosexual. Neil Simon le proporcionó uno de sus grandes éxitos, Perdidos en Yonkers, 1992. Consiguió que Emma Penella volviera a escena con ¿Le gusta Schubert?, 1998, en el que sería último trabajo teatral de la actriz.
Iniciado el siglo XXI comenzó a gestarse el cambio de la propiedad del teatro Fígaro, sin que el empresario hasta ese momento, tuviera opciones de continuar. Además, García Moreno, como suele ser habitual, perdía el dinero ganado en los montajes afortunados, con los que fracasaban en la taquilla. Seguramente él, como director, no pensaba en los resultados económicos cuando un texto le parecía interesante.
La pérdida del Fígaro fue su adiós tras haber estado en primera línea durante cuarenta años. Junto a las obras que he citado, permanecen en nuestro recuerdo otras como
Violines y trompetas, Amantes, Una pareja singular, La cinta dorada, Cena para dos, La casa de los siete balcones, Mi querida familia, Destino Broadway… todas ellas puestas en escena gracias a García Moreno.