Al escritor Andrés Trapiello no le ha gustado el sello conmemorativo del centenario del PCE. A mí sí; no tanto por el vistoso coloreado de la hoz y el martillo sino porque su emisión me parece que es un acto de justicia elemental en una democracia.
De toda ésta absurda polémica, inimaginable en la época del denostado bipartidismo, lo que lamento es la evidencia de la involución del Partido Popular. Importa menos lo que piensan o dicen algunos de sus intelectuales que no entienden que la sociedad de hoy quiere culminar la reparación del pasado franquista con medidas que no se pudieron tomar al principio de la democracia. No se altera por ello el espíritu de reconciliación ni se incurre en revanchismo y hubiera sido deseable que el PP como principal partido de la derecha hubiera aceptado consensuar estas decisiones con el Gobierno.
Volviendo al sello, creo que el PCE también merece ese homenaje por haber estado siempre al lado de la clase obrera, clase que ahora, hay que decirlo, está desaparecida del lenguaje de los dirigentes de la izquierda en favor de la clase media, que decía Unamuno que ni era clase ni era media.
Yo le recomendaría a Trapiello que releyera la Constitución de 1978, la misma que se quisieron cargar un 23 de febrero de 1981, suceso que él mismo narró de pasada en su novela Los amigos del crimen perfecto que situó en esos días. El artículo 6 de la Constitución dice que los partidos “son instrumento fundamental para la participación política” y si tan importantes son y el Partido Comunista cumple 100 años, normal que el Estado, vía Correos, le felicite en su aniversario.
Otra de las fobias de Trapiello es Largo Caballero de quien dice que no merece tener una estatua en la ciudad en la que fue concejal cinco veces. Si fuera alemán estaría Trapiello entre los pocos que protestaron cuando en 2018 pusieron una estatua de 5,5 metros de Karl Marx, autor del Manifiesto Comunista, en Tréveris su ciudad natal. El ayuntamiento añadió la emisión de un billete simbólico de cero euros con la imagen de su ilustre paisano que luego vendían a los turistas por tres euros. El buen uso de la tolerancia incluso favorece los negocios.
Mírelo por ese lado señor Almeida y no critique tanto los cien mil euros que dicen que ha dedicado el gobierno a promover la memoria de Largo Caballero, pues es calderilla en comparación a lo que lleva gastado el Ayuntamiento que preside, y lo que le queda, en abogados y tribunales, sin contar los gastos de albañilería para reponer, que se repondrá, la placa destrozada en la plaza donde nació.
Trapiello se pregunta por qué no se hace otro sello a la Falange cuyo papel, dice él, también fue importante en la transición política ya que, alega, de ella fueron protagonistas falangistas tan destacados como Adolfo Suárez que había sido ministro secretario general del Movimiento.
La Falange fue disuelta al terminar la guerra por el propio Franco para “unificarla” en lo que primero fue “FET y de las JONS” y más tarde el Movimiento Nacional. Había muerto jurídica y orgánicamente mucho antes de empezar la transición por lo que no pudo tener ningún papel en ella.
Los franco-falangistas quedaron recluidos (bien alimentados eso sí) en el Sindicato Vertical. Algunos falangistas honestos terminaron por hacerse antifranquistas como Ceferino Maestú que estuvo en las primeras Comisiones Obreras, mientras otros se engancharon a las facciones más ultras que intentaron, incluso con asesinatos como el de los abogados de Atocha, frenar el cambio.
Cuando Adolfo Suárez fue nombrado ministro secretario general del Movimiento para él era exactamente lo mismo que si le hubieran hecho ministro de Obras Públicas, de Comercio o de Marina. Adolfo Suarez era muy consciente de que muerto Franco el cambio era imparable. Es cierto que, ya presidente, intentó ralentizar el proceso para consolidarse y para domeñar a los ultras, pero a esas alturas era un reformista convencido. Su aportación, a diferencia de la del PCE está suficientemente reconocida, y cuando murió en 2014 se añadió su nombre al aeropuerto de Barajas. ¿Qué hubiera dicho Trapiello si al morir Santiago Carrillo en 2012 se le hubiera puesto su nombre, no digo a un aeropuerto, sino a una simple estación de autobuses?