Hartazgo es la palabra que mejor define lo que me produce conocer los últimos anuncios del Gobierno presidido por Mariano Rajoy en materia de derechos individuales y colectivos. Mientras que lo razonable, en materia de interrupción voluntaria del embarazo, hubiese sido que el Ministerio de Sanidad inspirase todo lo relativo a cambios en esta materia, el PP ha dejado este asunto en manos del ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, quien, olvidando que el derecho a decidir, en estos supuestos, es de la mujer, ha preferido crear un listado de prohibiciones que enviarán al extranjero o a la clandestinidad a las que interrumpan su embarazo por razones que a ellas le sirven pero no al ministro, que impregna sus palabras de una moralidad inoportuna, superficial o falsa que asusta. Recurre a la moralina para dar lecciones de no sé qué y contarnos que él no interrumpiría un embarazo aunque hubiese constatación de graves malformaciones del feto. Es loable que tenga tan buen corazón pero no tanto que obligue a hacer a los demás lo mismo. Es enternecedor cómo se preocupa por el futuro del bebé no nacido con graves malformaciones cuando las personas ya nacidas con discapacidades reciben del Estado cada vez menos ayudas y prestaciones y más buenas palabras que no ayudan a la eliminación de todo tipos de barreras que se encuentran estas personas. Una Ley del Aborto no obliga a nadie y sí permite resolver un problema que se convierte en drama, en muchas ocasiones, para la mujer que tiene que interrumpir su embarazo por cuestiones como no tener la estabilidad laboral, económica, emocional o familiar de Ruiz-Gallardón. Metidos en la senda del prohibicionismo, ahora el Ministerio de Interior quiere una nueva Ley de Seguridad Ciudadana que contempla multas cuantiosas por hacer todo lo que disgusta a los gobernantes de turno, en este caso, a un PP más amante de la seguridad que de la libertad. Sancionarán a los que se fumen un porro en público, alegando protección de la salud y obviando que una droga dura como el alcohol hace menos daño siendo legal que si estuviésemos en la etapa de la Ley Seca. Prohibirán que alguien compre una semilla de marihuana en una tienda legal, la plante en una maceta en su casa y con sus frutos haga lo que le venga en gana, para consumo propio: fumársela, hacer una infusión o una tarta. Quizá prefieren que los fumetas acudan a los supermercados de la droga para recibir una amplia oferta de estupefacientes y llamadas a la ilegalidad. Prohibirán, prohibirán, prohibirán y hablarán y hablarán diciendo que lo hacen por nuestro bien. ¡Menos moralina y menos obsesiones prohibicionistas y más libertad individual!