lunes 12 de noviembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 23/11/2012 08:33h
Tendemos a ser muy pesimistas. Tal vez sea el carácter español. Pero es fácil escuchar conversaciones acerca de lo mal que está todo, de lo lamentable de la clase política, y del pasotismo general en la sociedad. “¡Si es que tragamos con todo….!”, protestamos en voz alta, mientras nos lamentamos de estar contemplando el desmantelamiento de nuestro estado del bienestar sin mover un dedo. Pero acercando un poco más el zoom, puede apreciarse una realidad muy distinta.
No somos tan pasotas. La gente tiene inquietudes y preocupaciones comunes, y muchas veces se organiza para defender sus intereses. Lo vemos a diario en nuestro entorno: ¿qué otra cosa es una asociación de padres de alumnos? Y cuando la ocasión lo requiere, también lo vemos en el mundo laboral: concentraciones, protestas, pancartas, manifiestos… grupos de personas cuya conexión es mantener un contrato con una misma empresa, que se unen para intentar combatir medidas que les perjudican. O, esta misma semana, una huelga general a la que muchas personas se adherirán, unidas codo con codo en su autodefensa.
El 15-M, cuando nació, fue una manifestación masiva de un sentimiento general. Y sea lo que sea lo que lo puso en marcha, y a pesar de aquello en que terminó convirtiéndose, durante un tiempo hubo muchas voluntades que se unieron allí para encontrar soluciones y otra forma de organización social. Y aún quedan en barrios y distritos grupos de vecinos que mantienen periódicamente reuniones y asambleas.
Pero lo mejor, lo más efectivo y lo que sirve de ejemplo estimulante es lo sucedido con los deshaucios. La crisis los ha convertido en algo habitual, con su dramática carga humana de desprotección. Y han sido los grupos ciudadanos que se han unido para evitarlos, la Plataforma Stop Desahucios repartida por toda la geografía española, la que con sus acciones, sus avisos a los medios, sus algaradas y sus protestas ha conseguido frenar más de uno y, sobre todo, crear un clima general de opinión en contra de estas prácticas. Cierto que los dos últimos suicidios de personas afectadas han dado la puntilla a unas políticas irracionales e inhumanas. Cierto también que, muy probablemente, en la decisión final esté teniendo más peso el daño a la imagen de algunos que los motivos humanitarios. Pero sea como fuere, el caso es que el movimiento social en este caso se ha demostrado eficaz, y gracias a él se ha conseguido que algunas entidades bancarias estén ya suspendiendo los desahucios, que los jueces pidan una nueva regulación y que los políticos pongan, por fin, manos a la obra.
Y “pinta” que puede pasar lo mismo con el euro por receta, implantado primero en Cataluña y ahora en Madrid, y que hasta el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha tenido que reconocer que suena a “requetepago”. Aparte de la incoherencia de intentar frenar el consumo de algo que no compra el paciente en un supermercado, sino que le dispensa un titulado médico porque, es de suponer, lo considera necesario para su tratamiento. Moverse sirve, protestar es útil, manifestar que algo no nos gusta a veces es, incluso, efectivo.