Hendaya: astracán político
lunes 30 de julio de 2012, 00:00h
Actualizado: 31/07/2012 17:47h
El 23 de octubre de 1940 Adolfo Hitler y Francisco Franco se encontraron en la localidad fronteriza de Hendaya. Aquella entrevista ha provocado ríos de tinta entre los historiadores. Pero ahora Ribalta Teatro, compañía establecida en Murcia, nos trae al Nuevo Alcalá un espectáculo sobre este encuentro al que podríamos calificar como astracán político.
Cuatro actores ponen en pie esta especie de comedia musical. Ellos son Franco, Hitler y sus respectivos ayudantes, Serrano Suñer y Ribbentrop. Un apoyo escenográfico mínimo y ocho canciones conforman la comedia en la que se enlazan disparates tras disparates. Y es que los autores prefieren una versión puramente cómica de aquel encuentro rodeado de misterio.
La figura del Führer ha sido parodiada y ridiculizada en algunas obras maestras del cine: 'El gran dictador' (1940), 'Ser o no ser' (1942) y 'Los productores' (1968). Mel Brooks hizo más tarde, en 2001, un aclamado musical sobre su propia película. Franco sin embargo no ha despertado la imaginación de los humoristas para llevarlo a la gran pantalla o a la escena. Solamente Mercero lo hizo protagonista de Espérame en el cielo, una agridulce comedia en la que se lucían José Soriano y Chus Lampreave.
Carla Guimaraes y Pepe Macías sí aciertan al reírse de estos dictadores sin complejos, aunque con valor. Los protagonistas siguen provocando todo tipo de reacciones y el rechazo es la más universal. No les debe resultar fácil convencer al público de que vaya a reírse de ellos. Pero, cuando entra el espectador, las carcajadas comienzan en el primer minuto. La obra tiene chistes agudos, ingeniosos y otros más chabacanos, previsibles. Es divertido el uso que hacen de la mano incorrupta de Santa Teresa o las constantes puyas al “cuñadísimo”. En este sentido sacan mayor rendimiento cómico de Franco –y el actor tiene mayor lucimiento- seguramente por sernos más familiar. Sin embargo el Führer es una figura deslavazada, chillona hasta el berrido, con poco recorrido para el humor. Sirve, sobre todo, para poner los chistes en bandeja a la pareja Franco-Suñer.
Como no podía ser de otra manera, cada disparate es mayor que el anterior hasta llegar a un final deslavazado, seguramente por no haber encontrado una apoteosis como la que hizo Brooks en Los productores.
Una representación que podría ser cómica y entretenida se convierte, como en este caso, es un suplicio por culpa de una amplificación sonora desmesurada. En un espacio como la sala pequeña del Alcalá no se explica un volumen de tanta intensidad, que llega a hacer daño a los tímpanos. Las bases musicales se comen la voz y no se entienden las letras de las canciones y, cuando uno podría estar riendo, lo único que piensa es en que acabe esa tortura sonora.