El teatro Bellas Artes fue un empeño personal de José Tamayo, que ya era un director reconocido, gracias a su compañía Lope de Vega y a su trabajo en el Español y la Zarzuela , cuando decidió convertirse en empresario “de paredes” y abrir su propio teatro, aunque fuera en régimen de alquiler.
Es de justicia recordar la figura de Tamayo responsable, junto a hombres como Luis Escobar, Huberto Pérez de la Ossa, José Luis Alonso o Cayetano Luca de Tena, de la modernización del teatro en España. A todos estos profesionales les tocó lidiar con la censura franquista, celosa guardiana de la moral católica. La política, la religión o el sexo estaban prácticamente desterrados de los escenarios. Pero los directores encontraron resquicios para traer las mejores obras del momento, aunque pasadas por el tamiz de los censores. La aparición en 1949 de Antonio Buero Vallejo con su fulgurante Historia de una escalera, marcó un punto de inflexión en la escena. Lejos de plegarse a las exigencias del Régimen, los directores optaron por mantener una relación cordial que les permitiera una cierta apertura.
La vocación teatral de José Tamayo comenzó en su Granada natal donde fundó el teatro universitario. Pero pronto dio el salto a la profesionalización con la fundación de la Compañía Lope de Vega, su primera gran aventura empresarial. Esta formación logró el primer gran éxito en Valencia. La noche del 10 de octubre de 1946, en el teatro Eslava, se celebró la primera representación. Tras dos meses en la capital levantina el triunfo se revalidó poco después en Madrid. Esa presentación fue reconocida con el Premio Nacional a la mejor Campaña en Provincias 1946-47.
Según declaró Tamayo en 1966:
“La compañía Lope de Vega nació como empresa privada con el propósito de captar al público con un repertorio importante y un estilo que, en el fondo, venía a ser una réplica de disconformidad a lo que era entonces el teatro en España.”
Entre los grandes logros artísticos y empresariales de Tamayo debe reseñarse un formidable invento: la Antología de la Zarzuela. El primer montaje se estrenó el año 1966. Tamayo, complementando su empresa escénica, había creado la Compañía Lírica Amadeo Vives. Para lograr gran resonancia con esta aventura, la presentación de la primera Antología se produjo en tres escenarios espectaculares: el parque de la Ciudadela de Barcelona, la plaza Mayor de Madrid y la plaza de España de Sevilla.
El 15 de julio, dentro de la

programación de los Festivales de España, se estrenó la Antología en Barcelona. Contó con la colaboración del ballet de Pilar López. Tamayo reunió las partituras más populares de veinte zarzuelas, comenzando siempre con la loa de El laurel de Apolo, antecedente del género con la firma de Calderón de la Barca. Tres semanas después aterrizaron en la plaza Mayor madrileña, utilizando como decorado natural la Casa de la Panadería. Además de la compañía ya formada, Tamayo sufrió, seguramente, delirios de grandeza, porque en el estreno madrileño también participó el Coro de Cantores de Madrid, la rondalla de la Casa de Aragón, la banda militar de cornetas y tambores y hasta un pelotón de soldados. Seguramente nadie pudo imaginar que el espectáculo, convenientemente actualizado, tendría treinta años de vida.
Cuando, en 1991 creó otro montaje para celebrar los veinticinco años de lírica, la compañía informaba de que, hasta entonces, se había presentado en 264 ciudades de todo el mundo, con más de diez mil representaciones.
Cuando esta fórmula parecía decaer, Tamayo se sacó de la manga otro “conejo” que le permitió volver a triunfar clamorosamente con la Antología. El 17 de diciembre de 1987 el viejo cine Progreso levantó el telón con el nombre de Teatro Nuevo Apolo. Fue un empeño personal de José Tamayo para el que logró implicar económicamente al Banco de Bilbao. A las sucesivas ediciones de la Antología se sumaron algunos musicales de corte internacional, como el primer montaje en castellano de Los miserables, estrenado en este teatro el mes de septiembre de 1992. No pudo aguantar mucho tiempo el director-empresario esta costosa aventura teatral y abandonó el Nuevo Apolo refugiándose en el más manejable Bellas Artes.
Hasta su muerte, ocurrida el 26 de marzo de 2003, José Tamayo estuvo al frente del teatro que había fundado, si bien en sus últimos años atravesó por graves dificultades económicas. Su último montaje en esta sala fue la reposición de Enrique IV, en febrero de 2002.
El crítico de ABC, Lorenzo López Sancho, en el programa de mano para Calígula (1994) glosaba así el teatro de Tamayo:

“El entendimiento del teatro como un acto abierto a todo, cerrado a nada es, sin duda, lo que ha llevado a José Tamayo en casi medio siglo, en estos treinta y tres años de la segunda mitad del siglo XX que ya camina acelerada y discretamente hacia su final, a hacer de su teatro de la calle del Marqués de Casa Riera, el teatro Bellas Artes, centro, yema, cogollo del vivir y la mudanza, en solo su escenario, de todo lo que en ese medio siglo ha cambiado en los escenarios de Europa, en los escenarios del mundo.”
Desaparecido Tamayo, el teatro Bellas Artes podía haber engrosado la larga lista de salas desaparecidas. Pero Jesús Cimarro, productor escénico, se animó a convertirse también en empresario y alquiló el teatro. Actualmente, en sociedad con Focus, programa también La Latina, tras comprarlo a Lina Morgan.