Falstaff: acumulación de ideas
sábado 19 de marzo de 2011, 00:00h
Actualizado: 22/03/2011 10:57h
Andrés Lima dirige en el teatro Valle Inclán un espectáculo -Falstaff- basado en textos de Shakespeare que él mismo ha adaptado con Marc Rosich. El gordo libertino cobra así protagonismo, aunque no se convierte en el dueño absoluto de esta larguísima función. Un montaje lleno de ideas al que no le vendría nada mal recortar alguna de ellas.
En estos tiempos en los que asistimos a la declaración, más o menos encubierta, de guerras por todo el planeta, este 'Falstaff' pretende denunciar que ellas son un organismo vivo que se autoalimenta. A una contienda siempre sucede otra. En medio de ellas, los políticos y los oportunistas medran para su propio beneficio. El protagonista, instalado en la mentira continua, no engaña a nadie. Pero quienes le rodean están traicionándose mutuamente, sean hombres de iglesia, políticos o familias nobles. Falstaff morirá no por sus vicios públicos, sino por el desprecio del rey al que acompañó en sus juergas juveniles.
Este es un espectáculo muy ambicioso, con muchos momentos brillantes y otros reiterativos. El propio Lima aparece en escena actuando como narrador o introductor de las distintas escenas. Él nos traslada de la Corte a la taberna y viceversa. Maneja los hilos de sus catorce actores, desdoblados en cortesanos y libertinos de taberna. Pero Falstaff, el rey Enrique IV y su Príncipe de Gales son siempre el mismo personaje.
La permanente lucha por hacerse con el poder, con el mando, es también uno de los ejes de esta trama, en la que Lima introduce numerosos momentos de humor, incluso distanciamiento de los actores respecto al drama escénico. Y es en esta multiplicidad de situaciones y de acciones donde el espectáculo pierde ritmo. Cuando se sale de la trama principal, el drama no avanza, se estanca. Desde mi punto de vista tanta situación paralela acaba pesando en el resultado final.
Hay dos maneras claramente diferencias de interpretar esta galería de personajes. Por un lado, el naturalismo de la vieja escuela, practicado por Sonsoles Benedicto, Alfonso Lara y Jesús Barranco. Siempre resultan creíbles. Por otro lado están los jóvenes actores con una forma de decir que, a veces, llama la atención. En ella se instalan Raúl Arévalo, Rulo Pardo o Alejando Saá. Hay dos intérpretes inclasificables: Pedro Casablanc y Carmen Machi. El primero da vida a Falstaff, dentro de una caracterización que no le resta vitalidad. Tiene momentos espléndidos, como el monólogo sobre el honor, en el que resume sátira, sarcasmo y ganas de vivir. Carmen Machi resulta más afortunada como el calvo arzobispo que como dueña de la taberna.
Como en casi todos los espectáculos que llevan la firma de Lima, con Animalario o como independiente, hay una perfección formal muy apreciable. Especialmente la iluminación -como en 'Penumbra'- contribuye decisivamente al clímax dramático. El movimiento del numeroso elenco también está perfectamente resuelto, así como las entradas y salidas de las carras que colocan a la Corte por encima de los simples mortales. Resulta difícil hacer un balance final de lo visto. Se acumulan tantas imágenes en la retina que se necesita tiempo para procesarlas aunque, eso sí, el mensaje de este texto creo que llega nítidamente a la audiencia.