Esto de las celebraciones nos está quedando muy cutre por culpa de lo virtual.
No es igual acercarse a darle el pésame a un amigo que enviarle un correo electrónico, y no es igual desear buena suerte a una pareja que poner un mensaje en su muro de “face book”. Ricky Martin se ha unido a ese grupo de personas que son felices en lo virtual pero que han abandonado la costumbre de invitar a los amigos aunque sea a unas cañas, esos que sustituyen el cariño corporal por un emoticono calvo con una sonrisa, y encima tienes que mostrar tu satisfacción por el trato considerado que han tenido contigo al hacerte llegar el mensajito.
Martin, para anunciar su condición de homosexual ha colgado un mensaje en una red, muy cutre. Se esperaba que hiciera una fiesta en su casa de Miami y que desplazara a los invitados en un avión privado, algo memorable como corresponde a una estrella, caprichos más raros se han conocido en semejante entorno. Bien está la apuesta por la inmediatez de lo virtual pero de lo inmediato a la estupidez, (de ahí el término “inmediatez”), hay un paso muy corto. Y, encima, transmitir un estado emocional a través de una red de amigos virtuales.
Ricky Martin está más contento por haberse ahorrado el convite que por salir del armario, cuestión que por su carácter íntimo no debería causar ni asombro, ni curiosidad, al resto de amigos virtuales del cantante; mucho menos a los vecinos y vecinas que siguen las noticias del corazón. Bien está tener relaciones cálidas a través de las redes sociales pero otra cosa es pensar que uno está veraneando en la playa sólo porque te han enviado una foto desde un teléfono móvil.
En el caso de Martin más que salir del armario lo que ha hecho es ingresar en la cofradía del Puño Cerrado, de ahí que haya elegido la semana santa para anunciar su liberación. El resultado es que el anuncio ha tenido más repercusión que una campaña de Coca-cola y ha invertido en él menos de lo que cuesta una bolsa de palomitas.
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