Un año más, llegó el Carnaval a Madrid. Casi de tapadillo, porque en esta ciudad, desde hace muchos años, los responsables municipales no le ponen mucha emoción a esta fiesta pagana y popular donde las haya. La crisis además permite pocas alegrías al cuerpo; esto no es como Brasil, donde olvidan las penas moviendo la cadera; aquí, si la economía no acompaña, el clima tampoco, así que las ganas de baile se nos quedan congeladas. "Menos samba y más trabajar", se dice por allí; "qué más quisiéramos", contestarían en España cuatro millones de parados.
Por otra parte, cada vez vamos descubriendo más claramente que hay quien anda con la máscara puesta todo el año, con el disfraz de cordero que esconde un lobo debajo. O con el de payaso. O, lo que es peor, hay quien lleva el disfraz de hombre serio y en el fondo no es ni una cosa ni la otra.
El caso es que con los presupuestos de todo tipo mermados, la ilusión en retirada y los políticos madrileños perdiendo fuelle en peleas internas -en el PSM los cuchillos cortan el aire a diario; en el PP ¿qué les voy a contar que no sepan?-, el carnaval nos da una oportunidad, aunque sea un poco pobre, de reirnos de nosotros y de nuestras preocupaciones. Además, siempre nos quedará el discurso del alcalde despidiendo a la sardina, el próximo miércoles: se está convirtiendo en tradición que aproveche tan "luctuoso" acontecimiento para desahogarse de sus cuitas madrileñas, mencionando más o menos veladamente a su eterna rival. A ver si este año cumple también; en crisis, hasta los titulares escasean.