Dicen que Felipe Montero, vecino de la calle Mariano Fernández, no se tiene por un héroe pero que se le empañan los ojos cuando le dan las gracias por haber salvado la vida a la gente del bloque. Para mí que Felipe es un héroe. Siempre he creído que en la vida hay una persona desconocida, o con la que has tenido poco trato, que en un momento dado te puede sacar de un apuro, y me refiero a esas personas que te recogen cuando te has tropezado, a esos que son capaces de detener su coche ante el paso de cebra, a esos otros que tienen la amabilidad de levantarse cuando una persona mayor entra en el autobús. Siempre he creído más en la buena gente que a esperar a que se aparezca el genio de una lámpara y me obligue a someterme al cuestionario de los tres deseos, (menuda responsabilidad). Todo lo bueno que nos ocurre en esta vida suele ser por casualidad.
De no haber sido por la rápida actuación de Felipe Montero, madrileño de cincuenta años, los vecinos habrían caído en ese pequeño desastre “haitiano” del barrio de Tetuán. Él se fijó en una grieta, luego en otra de mayor tamaño y decidió que tenía que avisar al presidente de la comunidad y posteriormente alertar a los vecinos. Todos pudieron salir a tiempo, minutos antes de que el edificio se viniera abajo en una falla mortal sin humo.
Los héroes no tienen por qué saber de kung-fú, ni llevar capa azul, ni escalar paredes de edificios, simplemente son las personas que estaban allí en el momento justo y que pudiendo no haber hecho nada se tomaron la molestia de dar un paso adelante. Su relato me causa emoción, tanta como a él y eso que no le conozco de nada. Por lo tanto, y sin temor a caer en falsas adulaciones o peloteo, señalo a Felipe Montero, madrileño de cincuenta años, como héroe o como ángel de una gran cuidad que pudiera parecer impersonal pero sin duda que sí tiene alma.
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