martes 05 de enero de 2010, 00:00h
Actualizado: 11/01/2010 13:21h
Empieza un nuevo año con la misma cara, con la misma apariencia, con idéntico rostro callejero. Me contaba el alcalde Ruiz-Gallardón hace un par de semanas que en este recién estrenado 2010 los madrileños íbamos a ser menos esclavos de nuestros pecados urbanos, es decir, que íbamos a estar menos acosados y acorralados por las obras, que haberlas haylas, porque sino Madrid no sería Madrid, pero que no van a dificultar la movilidad de los madrileños en la medida que nos la han dificultado las del año que acaba de fallecer; es decir, que habrá menos obras menudas, de esas que apenas tienen importancia, pero que en la práctica perturban gravemente la circulación, pero habrá grandes proyectos en ejecución, aunque en muchos de ellos el tajo irá por dentro, como es el caso del túnel para la circulación del AVE entre las estaciones de Atocha y Chamartín, un ave que volará bajo tierra.
Este será el año de la remodelación del eje Prado-Recoletos, si finalmente la Comunidad da el visto bueno a las obras en la zona calificada como de protección cultural, sin cuya autorización se recrudecerían las relaciones entre el alcalde y la presidenta regional, nada conveniente en año preelectoral, y que no podrían llevarse a cabo, con lo que Gallardón tomaría de su propia medicina, en el sentido irónico, porque fue él quien siendo presidente de la Comunidad Autónoma declaró Bien de Interés Cultural la zona sobre la que ahora quiere actuar el Ayuntamiento.
Y este 2010 será, esperemos, el año en que se termine el ambicioso y un poco faraónico proyecto Madrid Río, que es la culminación de la remodelación de la M-30 en superficie, el acondicionamiento y realización de esa idea de convertir los aledaños de nuestro aprendiz de río en un vergel y que nuestro Manzanares se doctore en ecología urbana. La precariedad de las urnas municipales ha hecho que la culminación de ese proyecto se retrase, pero no puede estar por más tiempo esta zona de la ciudad manga por hombro, como si fuera un paisaje devastado por una guerra o por una catástrofe natural.
Y este año que acabamos de estrenar será el del centenario de la Gran Vía, la gran apertura de Madrid a principios del siglo XX, el comienzo de una ciudad que quería modernizarse, desperezarse del letargo de su cerca y de su casco antiguo, embutido en su propia historia, y competir con las mejores ciudades de Europa; quizá era el comienzo de algo que se ha ratificado como cierto: Madrid la ciudad permanentemente en obras, pues desde entonces no ha dejado de serlo.
Se cumplen cien años de la Gran Vía, del inicio de las obras para dotar a Madrid de un escaparate moderno donde, dentro del eclepticismo de la zona, se dieron la mano el tramo de diseño inglés y el de traza francesa. Cien años de Gran Vía, muchos actos y pocas ideas originales para conmemorarlo.
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Cronista Oficial de Madrid y Getafe
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