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Manuel Córdoba. Director de El Laurel, centro de menores especializado en maltrato familiar

'Los 'padres-colegas' no funcionan'

"Los 'padres-colegas' no funcionan"

Por Celia G. Naranjo
miércoles 28 de octubre de 2009, 00:00h
Actualizado: 28/10/2009 17:57h
Lleva más de dos años al frente de El Laurel, el primer centro español especializado en maltrato familiar, gestionado por la Fundación Grupo Norte y dependiente de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI), de la Consejería de Presidencia, Justicia e Interior. Por este recurso han pasado más de 90 menores madrileños en poco más de dos años. Manuel Córdoba analiza para Madridiario los porqués de una conducta que no deja de aumentar cada año, desde su experiencia diaria con estos jóvenes.
Acabamos de saber que han aumentado mucho los delitos de violencia doméstica cometidos por menores. ¿Qué consecuencias ha tenido para ustedes?
Los ingresos a El Laurel han aumentado mucho, sobre todo en el último año. Ya van 96 internamientos desde que comenzó el proyecto hace dos años. Y en el centro es raro que sobre una plaza. Posiblemente haya más casos, pero no todos terminan aquí.

¿Cuál es el perfil de los menores de El Laurel?
El delito puede ser maltrato familiar habitual, bien por amenazas o bien por agresiones verbales o físicas, hacia los padres o hacia los hermanos. La duración media es de un año, más o menos, de amenazas y mal comportamiento, con rupturas de material incluidas, y las agresiones verbales o físicas hacia los padres suelen ser la fase final. Es entonces, cuando piensan que ese asunto se les escapa de las manos, cuando reaccionan y ponen una denuncia.

¿Los padres suelen conocer las consecuencias de esa denuncia?
En muchos casos solo quieren usar el ‘fenómeno del susto’, es decir, “solo quería darle un escarmiento”. Algunas familias, cuando interviene la Fiscalía o el juez impone una medida cautelar, quieren retirar la denuncia; o bien, llegado el juicio, intentan negarse a declarar. Pero en ese momento ya no hay marcha atrás. Es más, según la nueva ley de violencia doméstica, las víctimas no pueden negarse a declarar contra su agresor. El problema es que ellos ya no pueden más y van a la policía, pero no tienen muy claro cuáles son las consecuencias. Es muy duro denunciar a un hijo, pero lo que no tiene sentido es que eso se paralice luego. Nosotros entendemos las denuncias como una petición de ayuda, y eso es lo que les brindamos cuando el chico cumple la medida.

Pero, cuando el menor termina en el centro, las relaciones familiares deben de estar muy dañadas...
En estos casos extremos, entendemos que la separación del chico de su contexto familiar es necesaria para poner un punto de cordura a esa relación. Es natural que, por un sentimiento de culpa, todos quieran estar juntos otra vez. Dependen unos de otros y, cuando ese vínculo se separa, en casa hay un vacío tremendo, porque toda su vida ha girado en torno a ese adolescente. Es una reacción psicológica normal, pero tenemos que hacer entender a todos que separarse temporalmente es lo mejor. Con los chicos es relativamente fácil.

¿A pesar del resentimiento que pueden tener por estar en un centro a raíz de una denuncia de sus propios padres?
Sí. La primera reacción es de rabia, pero de pronto son conscientes de la vida que estaban llevando y de los perjuicios que causaban. Hay chicos a los que les ha bastado la noche que han pasado en el calabozo para ver eso. Incluso algunos reconocen que "se lo merecían". Al entrar a un centro especializado, el chico habla con otros que tienen su mismo problema. Así que es relativamente sencillo que ellos entiendan su parte de responsabilidad y que el internamiento puede ser una oportunidad, y no un castigo.

¿Y los padres?
Con ellos es todo mucho más complicado. Es difícil que los padres acepten las equivocaciones o errores que ellos han cometido en el proceso de crianza de ese chico: primero el sentimiento de culpa, después el de fracaso… Y además tenemos menos acceso a ellos. La capacidad de intervención con un chico es de 24 horas desde que entra; la capacidad de intervención con sus padres es menor. Hay padres, incluso, que no vienen.

¿Por qué?
A lo mejor llevan mucho soportando un maltrato y necesitan su tiempo. De todas formas, es raro que no se impliquen. Nuestro trabajo está en hacerles copartícipes y corresponsables, ganar su favor y a partir de ahí empezar a intervenir. Por lo general, los chicos avanzan más en el proceso de internamiento que las familias. Hay un desequilibrio.

¿Y eso tiene consecuencias?
Cuando el chico sale en libertad, sale un paso por delante. Nosotros decimos que hacemos a los chicos “terapeutas” de su familia. También es importante que el chico acepte a sus padres, siempre teniendo en cuenta que son responsables de lo que han hecho.

El fin de la medida supone revivir las mismas circunstancias en las que se produjo el maltrato…
En parte, la cronificación de este problema se debe a que los padres evitan conflictos y transigen, y eso el chico lo ha aprendido. Por eso nosotros hacemos acompañamientos en ese proceso de acercamiento al domicilio familiar para que ni los chicos ni los padres se vean solos. Además, ese proceso es paulatino para que vayan ganando confianza y capacidad de manejar pequeños conflictos.

¿Alguna vez ha resultado imposible la convivencia del chico con su familia, incluso después de haber cumplido su medida judicial?

Cuando empezamos, nos pusimos un objetivo utópico: cualquier chico que entrase en El Laurel terminaría volviendo a su casa y entablando una relación funcional. Pero la realidad va por otro lado. Hay situaciones imposibles de corregir en el tiempo que dura una medida judicial. Si es así, buscamos otras alternativas, como el Grupo de Convivencia de la ARRMI, que continúa la intervención con estos chicos en medio abierto.

¿Cuáles suelen ser las principales causas de reincidencia?
Este proyecto ha rebajado la tasa de reincidencia al 1 por ciento. En los tres únicos casos en los que se ha producido, se trataba de medidas muy cortas, de seis meses, y en eso es muy poco tiempo: no podemos hacer magia. También hay que decir que han reincidido con conductas menos graves que las que motivaron el primer ingreso.

Los chicos internados por violencia intrafamiliar, ¿suelen ejercer también violencia hacia sus parejas?
No hemos percibido eso. Sí ha ingresado algún caso en nuestro centro por violencia de género, pero no era violento con sus padres. Es más, observamos justo lo contrario: que busca en otros, como su novia o sus amigos, el afecto que no obtiene en su familia. Incluso estos chicos son más vulnerables a la hora de asociarse a determinados grupos, como las bandas. No tenemos datos, pero suelen buscar esa estructura de límites y de normas que no encuentran en casa, y se sienten cómodos en ambientes jerarquizados.

¿A pesar de que en su casa estén combatiendo las normas continuamente?
Es que, en el fondo, lo que van buscando es que sus padres sean capaces de imponerles las normas. Les ponen a prueba continuamente. Y esto es una historia de crianza. Si con tres años consiguen la piruleta que les habían negado al principio montando una pataleta, en la adolescencia se trata de los 50 euros para irse de marcha el sábado, la moto o el pantalón de marca.

Entonces, ¿el mejor antídoto son las normas?
Que cada miembro de la familia desempeñe su rol, siempre y desde el primer momento.

Y en una familia con un adolescente, ¿cómo se inculca a cada uno el rol que no ha desempeñado durante tantos años?
El chico tiene que aceptar que no manda en casa. Acaba de ingresar una chica que llevaba toda la vida comiendo a la carta en su casa, y ahora no tiene mayor problema en comer lo mismo que los demás en el centro. Así se ha dado cuenta de cómo estaba portándose con su madre. Ellos tienen que aceptar el rol de hijos, y los padres tienen que aceptar su rol de imponer las normas. Es muy cómodo cocinar lo que el niño dice para no tener conflictos, pero imponer las normas tiene un coste. Y cuanto antes se haga, mejor; cuando el hijo tiene 17 años, el problema está más enquistado.

¿Y las familias autoritarias?
Son el otro perfil más frecuente. Se trata de dos actitudes opuestas, pero que producen en el menor el mismo efecto: no dejar que desarrollen su autonomía. En el primer caso porque, al permitirles todo, no saben distinguir lo que está bien de lo que está mal y, en el segundo, porque todo tiene las mismas consecuencias. Se dan paradojas que empiezan por que no les dejan fumar en casa y al final son ellos los que bajan al estanco a comprarles el tabaco para no discutir más. En el caso de la familia autoritaria, el chico hace las cosas porque sí, no porque las entienda. La virtud está en el término medio y en hacerlo desde pequeños. Con cuatro años no puedes negociar cuando les ves meter el dedo en un enchufe, pero sí con la ropa que se van a poner. Así aprenden a negociar y aceptar las cosas.

¿Funcionan los 'padres-colegas'?

No. Así les facilitará un buen amigo, pero les privarán de sus padres y, hasta ahora, está muy demostrada la necesidad que los chicos tienen de esas estructuras.
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