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Las gatas carey como fenómeno Baader-Meinhof

domingo 09 de agosto de 2020, 12:48h

El cerebro humano es un laberinto al treinta, inmenso juego de la oca en el que se avanza y retrocede, en el que de pronto concurren intentos de elaboraciones porque la mente y sesera tiene un gusto desmedido por los patrones que le puedan llevar a las cadenas de sucesiones. Pongamos un ejemplo: un individuo se encuentra en un bareto dándole vueltas al asunto de la “avutarda géminis”, que en su momento Juan Perucho sugirió que podría ser clasificada entre los mamíferos, cuando desde una mesa aledaña, pero en normativa, el varón de la pareja que la ocupa se le dirige campechanamente y le recuerda, por si el melón no está calado por el sitio, que es camarero en una botillería que él frecuenta. Empieza una charla circular sobre el antes y el después del coronavirus en la que el magín empieza a patinar haciendo ochos típicos del deambular dipsómano en grados doce y trece de la melopea: “… este local, si yo quiero, lo compro y no salgo de él jamás”, seguido de taquicardias y delirios persecutorios.

En estas, la parte femenina de la mesa, que dice llamarse como la gran poetisa gallega, pero sin el María delante ni el Rita detrás, empieza a hablar de su gata que ha tenido una camada durante el confinamiento humano. Imagina el individuo en soledad que el relato viene guiado por la celebración del Día Internacional del Gato en estos días, sábado 8 de agosto, pero inmediatamente descubre la endeblez de su hipótesis prejuiciada porque la parte femenina de la mesa aledaña añade que entre la lechigada se cuentan y descuellan dos gatitas carey.

El individuo en soledad ignora todo lo que pueda ignorarse de las gatitas carey, pero al ser informado con imágenes descubre que tales son aquellas que presentan los tres colores básicos del pelaje de los gatos: blanco, negro y naranja, así como cualquiera de las variaciones cromáticas que van desde los cremas a los azules o grises. De ojos entre el naranja oscuro y el cobre, con hocicos que van del negro al rosa o moteado, y con harta frecuencia una “llama” de tono rojizo fuego sobre la frente, reciben la denominación carey por la gran semejanza cromática con el interior del caparazón de las grandes tortugas de los mares tropicales con las que se fabrican tal cantidad de adornos que el animal se encuentra en grave peligro de extinción.

El individuo en soledad descubre que tiene otra amiga con gata carey que jamás tuvo nombre por desacuerdo familiar y se la nomina sencillamente “gatina”. El individuo en soledad empieza a comentar el asunto con los conocidos que se encuentra y resulta que todo el mundo parece conocer que tales gatinas carey fueron durante siglos objeto de veneración y culto como símbolo de fortuna y buenaventura entre los antiguos irlandeses y los marineros asiáticos. El individuo en soledad continúa su instrucción en el asunto y su mundo se torna del todo carey. Ve gatas carey por la calle, en los especiales de National Geografic, en las narraciones de Kipling, entre sus contactos de Instsgram y en el tránsito entre la vigilia y el sueño. Como la Inés de Baltasar de Alcázar, y hasta que este descubriera las berenjenas con queso, las gatas carey ya tienen en él tal poder que le hacen aborrecer todo lo que no sea Inés. Que le ahorquen si lo entiende.

Volviendo a la racionalidad, tal ocurre porque el cerebro tiene fuertes tendencias al establecimiento de patrones y cuando descubre que un elemento aparece dos o más veces busca sucesivas repeticiones para establecer una posible secuencia ignorando todo lo que no sea susceptible de formar parte del patrón, que desecha o aparta a la categoría de información no relevante. En definitiva y dicho de la manera más sintética posible, cuando una persona aprende algo específico que antes ignoraba por completo, se lo vuelve a encontrar muchas veces en un periodo de tiempo sorprendentemente corto.

El complejo proceso cognitivo recibe el nombre de “Ilusión de frecuencia” o “fenómeno Baader-Meinhof” a partir de una carta que un tal Terry Mullen envió a un periódico de Saint Paul, capital de Minnesota, USA, explicando que tras leer un artículo sobre la guerrilla urbana alemana Fracción del Ejército Rojo, más conocida por los apellidos de sus líderes, Andreas Bern Baader y Ulrike Marie Meinhof, empezó a ver publicaciones y documentales sobre la banda por todas partes. La carta fue publicada y casi inmediatamente contestada por centenares de lectores asegurando haber tenido la misma experiencia.

El fenómeno ya había sido anticipado de manera más amplia y profusa en el concepto de “sincronicidad” por el psiquiatra Carl Gustav Jung, pero como quiera que no está el cuerpo para psicología analítica, profunda o de los complejos, de la que el suizo fue fundador, volveremos a los gatos. O más concretamente a las gatas tricolores, las carey, que conviene aclarar no se incluyen en una determinada raza sino en alteraciones genéticas en las que los patrones de color son transmitidos por las hembras.

En general este tipo de gatas siempre se han considerado un icono de buena suerte. Los antiguos celtas consideraban que poseer un ejemplar allegaba fortuna al hogar y los navegantes japoneses jamás se hacían a la mar sin gatas carey a bordo para que les protegieran de las tormentas y de los malos espíritus oceánicos. Aún hoy, un alto porcentaje de estadounidenses las consideran las gatas del dinero, como antaño lo fuera el perejil para las izas, rabizas y colipoterras.

Además, dicen los sabios gatunos que por lo general las carey tienen un carácter: “… fuerte, activo, e independiente. Cariñosas con su humano y algo impredecibles, lo que las convierte en divertidas compañeras de vida”.

Lo de la “avutarda géminis” y su relación con el vampirismo, para otro día.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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