Son las 19.00 horas en la Plaza Mayor y el sol de junio se refleja en la espada de bronce de Felipe II. A unos treinta pasos de la estatua del monarca, en dirección a la Calle de la Sal, un hombre toca el acordeón. La mayoría de los turistas pasan a su lado sin mirarle siquiera, pero los hay que dedican una mueca de aprobación y echan alguna moneda, e incluso algunos que se arrancan con algún discreto paso de baile y deshacen en carcajadas a sus acompañantes.
En un momento dado, dos hombres en apariencia indistinguibles, entre los cientos de personas que merodean la plaza con la cámara del móvil encendida, se acercan al músico y le dirigen un par de palabras. El acordeón deja de sonar. Son agentes de la policía secreta, han venido a multarle. El suceso apenas causa conmoción entre la muchedumbre. Una frente empapada en sudor emerge de un Mickey Mouse decapitado, que se acerca a cotillear.
“Esto es así todos los días, pero no le importa porque no paga las multas, se declaró insolvente”, comenta una vecina de la plaza. El músico guarda el acordeón en alguna parte pero no se marcha. Va de aquí para allá sin salir de su radio de acción, con la cabeza bien alta y el móvil a mano. “Como ya le han multado, se pone a vigilar para cuidar a su amigo, el de la guitarra eléctrica, que está por allí”, añade la misma vecina mientras indica con el dedo la posición del otro músico. Poco después, un coche de la Policía Municipal se acerca por otra de las entradas de la plaza y el guitarrista desaparece. “Mira, se ha escondido en ese bar, que es uno de los que los protege. El resto de bares los echa porque pasan de movidas”. El coche patrulla entra en la plaza, da una vuelta despacio y, del mismo modo que ha venido, se va.
"La actividad de los músicos callejeros es insufrible"
Otro de los vecinos, Rafael, se acerca a ofrecer una explicación más académica del problema: “Desde que se abrió la T4, desde que se prohibió fumar dentro los bares y, en definitiva, desde que Madrid se ha convertido en un lugar de turismo masivo, la actividad de los músicos callejeros al reclamo de las terrazas es insufrible para los que vivimos aquí desde antes de que la ciudad fuera lo que es hoy”. En opinión de este vecino, la policía no hace nada para solucionarlo: “El 75 por ciento de las veces que la llamamos, no acude; en el 20 por ciento de los casos, cuando llega, el músico ya se ha ido; y en el 5 por ciento restante, a veces le pone una sanción y otras le dice simplemente que se vaya”.
Existe una normativa que prohíbe los altavoces y la percusión, pero este reglamento, asegura Rafael, “se incumple todos los días del año, sobre todo a las horas de comer y de cenar”. El vecino insiste en que el Ayuntamiento debería implicarse más en el asunto y concluye que, además de la normativa, tiene que haber medios para controlar que se cumpla.
Se une a la conversación un nuevo vecino, que presenta la teoría de la estandarización resultante de la globalización, que ha disuelto todo el encanto y la esencia de las grandes ciudades para convertirlas en no-lugares. “Esto pasa en la Plaza Mayor, en cualquier otra parte de Madrid y en el mundo entero: de patrimonio cultural a patrimonio mercantil”, explica. Al mismo tiempo, la primera vecina, que le está oyendo, exclama: ¡Esto es un parque temático!
Una aplicación para crear mapas de ruido
El presidente y portavoz de la Asociación Vecinal Residentes de la Plaza Mayor de Madrid, Ricardo Bustos, ha convocado una reunión al pie de la estatua para anunciar a los vecinos un nuevo plan de presión. Ha encontrado una aplicación con la que se puede registrar el sonido y crear un mapa de ruido en la ciudad: “Estamos abogando por la creación de una directiva europea que obligue a hacer mapas de ruido procedente del ocio, porque hasta ahora sólo se menciona en un apéndice marginal de una ley. Pero no vale sólo con cartografiar, hay que acompañarlo de un plan de acción para combatirlo”. Bustos explica que normalmente los sonómetros son fijos y sólo perciben el ruido desde su posición, y anima a los vecinos a descargarse la app para poder registrar ruidos en cualquier parte y cualquier momento. “La idea, especifica el presidente, es construir una red entre todos para registrar la mayor cantidad de ruidos posible y tener datos con los que presionar a las autoridades”. A la reunión, que no ha conseguido atraer a más de 10 o 12 personas, asiste también un ingeniero con un aparato para calibrar todos los móviles y que la recopilación sea “más precisa”.

La guerra de guerrillas
La pareja que meditaban sobre la mercantilización de las capitales había interrumpido su conversación para escuchar la exposición del presidente de la asociación vecinal. Concluida la ponencia, acuerdan en petit comité que el resto de los vecinos son demasiado diplomáticos y anuncian con sorna que han decidido pasar a la guerra de guerrillas. “Estamos pensando en bajar con pancartas y ponernos, de manera pacífica, al lado del músico, a ver si un día pierde los nervios, nos amenaza y podemos denunciarlo por lo penal”. La vecina explica que la policía “tiene las manos atadas” y para justificar la estrategia confesada, asegura que no es sólo que molesten, sino que tienen atemorizados al resto de músicos que han intentado tocar en la plaza: “Los echan, ¡como si la plaza fuera suya!”. Su compañero da fe y añade que una vez, después de cenar, bajó a pedirle “por favor” a uno de ellos que dejara de tocar, que no conseguía dormir a su hija de dos años. “Pues el tío va y me grita, to’ chuleta, que él también tiene una hija… Porque nos separó un camarero, sino aquel día nos pegamos”.
"Estoy de Édith Piaf hasta la coronilla"
Insisten en que no están en contra de todos los músicos callejeros, sino de los que tocan con altavoces. “Si vinieran con la guitarrita, como hace la tuna, por ejemplo, no pasaría nada”. La vecina se toma el drama con humor y, entre risas, pone en duda la habilidad del acordeonista: “Para mí que viene a practicar porque no acaba una sóla canción. Encima el repertorio es muy pobre, estoy de Édith Piaf hasta la coronilla”.
Pero la batalla se augura larga: “Esto es lo que les da de comer, y les debe de dar de comer muy bien. Se creen que están en su derecho así que van a luchar a muerte”, añade el último vecino. La connivencia de los turistas, por otro lado, no ayuda. “Yo entiendo que el turista viene, ve al músico y le hace gracia, pero si llevara 13 años, como yo, soportando esta tortura psicológica, quizá se daría cuenta del problema”.
Vencidos por la resignación, concluyen que se ha de mirar más por los vecinos, “que son los que hacen el barrio y le dan encanto” y “no utilizar cualquier centímetro cuadrado para hacer pasta”. Antes de despedirse, se quejan del deterioro que provoca el turismo masivo, y la vecina, que hace ya un rato que perdió todo signo de solemnidad, señala una mala hierba que crece entre los adoquines: “¡Aquí tenemos romero, por si alguno se quiere hacer un pescado al horno!”.