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OPINIÓN

'El futuro de nuestra factura eléctrica', por Joaquín Galván

Por Joaquín Galván Vallina
martes 14 de septiembre de 2021, 10:56h

Las distintas tecnologías de producción aplicadas para obtener energía eléctrica se combinan en un mix distinto para cada país, según se haya optado por unas u otras. La eficiencia de la red eléctrica planificada mejora conforme prevalecen los criterios técnicos a los políticos. Entre éstos podemos considerar la gradualidad en la asignación de recursos como un criterio importante.

Por ejemplo, tenemos el caso de la energía nuclear de fusión, la que viene siendo considerada la energía del futuro (un caudal de energía sin límites y limpio). En la actualidad, los Estados Unidos colaboran con otros países en el proyecto de reactor de fusión nuclear ITER (en Francia), pero no han destinado una inversión descomunal a esta tecnología -como se podría esperar-, ya que consideran que la tecnología de fusión tardará aún más de cincuenta años en estar operativa. Es por ello que no invierten excesivamente en la misma porque, aunque pueda ser la panacea para solucionar el problema de la electricidad a muy largo plazo, el problema importante lo tienen ahora, durante el período anterior a la consecución del reactor de fusión; y es a lo que dedican sus mayores esfuerzos. Esto nos podría haber servido de enseñanza a la hora de apostar por las energías renovables de forma descontrolada.

En España, el mix eléctrico ha sido condicionado por varias decisiones cruciales. Durante los años 80, el Gobierno de González optó por la moratoria nuclear, con lo que se decidió la paralización de la construcción de tres centrales nucleares (Lemóniz, Valdecaballeros y la unidad dos de Trillo), cuando su desmantelamiento costaba casi lo mismo que su terminación, a la vez que se prohibía la construcción de nuevas centrales de fisión. Esto, además, cargó el recibo del consumidor español con el pago del “parón nuclear”.

La energía nuclear tiene unas emisiones tan bajas como las energías renovables. Presenta el problema de almacenamiento de residuos radiactivos (algunas partículas pueden durar activas hasta 24.000 años), aunque en España incluso se almacenan algunos residuos de las centrales francesas. Pero siempre tiene connotaciones negativas, tendiendo a asimilarse el uso civil con el uso bélico.

El Gobierno de Zapatero apostó de forma desmesurada por las energías renovables cuando eran muy caras y, desde que se estableció en el Real Decreto 661/2007, los consumidores pagamos en nuestra factura el exceso de precio de esas energías como primas a las renovables. El problema no es haber invertido en energías renovables -que responden a los deseos de todo el mundo, al ser energías limpias y no hacer depender a España del suministro exterior- sino el no haberlo hecho con la gradualidad adecuada. En efecto, se primó en exceso la inversión en una energía que era entonces muy cara, favoreciendo a los demás países, que se beneficiaron de los avances sin haber hecho “su parte”, y asumiendo España los costes. Actualmente, las primas anuales a las renovables son cerca de 6.000 millones de euros, y lo ya pagado en el recibo de la luz por este concepto durante estos años se sitúa por encima de los 110.000 millones.

El sector del carbón sobrevivió gracias a las subvenciones que podían recibir las minas no competitivas al amparo de la Decisión comunitaria 2010/787/UE, a cambio de cerrar como muy tarde en diciembre de 2018. Y así sucedió: el carbón español resultaba caro, y cuando finalizó la subvención algunas de las centrales tuvieron que cerrar.

Nuestro mix eléctrico está condicionado porque la electricidad producida es la que se consume, y la capacidad de almacenamiento es muy reducida. De este modo, si es de noche o no hay viento, las energías renovables no son eficaces y requieren un respaldo. Las escasas centrales nucleares trabajan al máximo y las centrales hidráulicas son limitadas. Finalmente, se da respaldo con las centrales de gas, que marcan además el elevado precio marginal en la subasta.

Otros países decidieron un mix distinto, como es el caso de Francia, con 57 reactores nucleares que llegan a producir casi las tres cuartas partes de la demanda total de energía (además de exportar a España), y que tiene un precio de la electricidad que viene a ser una cuarta parte inferior que el español. Alemania, por su parte, está en un proceso de cierre de centrales nucleares y depende en gran medida del carbón y del gas, al tener peores condiciones de insolación y viento que España.

Con nuestro mix eléctrico basado en energías renovables con apoyo del gas, la tendencia es que los precios internacionales del gas, ahora en ascenso, sigan presionando al alza el importe de la factura. Para más inri, los precios regulados de los peajes y cargos, más los impuestos, suponen las tres cuartas partes de la factura de la luz; y cuanto más sube el precio de la luz, mayor es la recaudación del Estado. Si el Gobierno tarda en hacer reformas para abaratar la factura de la luz de forma efectiva, más recaudación.

La energía nuclear es un asunto intratable en España donde se mezclan componentes técnicos y de seguridad con otros políticos e ideológicos. Es por ello que ya se llega tarde si se quisiera utilizarla como respaldo de las renovables. En todo caso, el mix eléctrico español ha sido ya definido a lo largo de los años con la influencia o la inhibición de los sucesivos gobiernos.

¿Qué puede hacer el consumidor para reducir la factura de la luz, aparte de las consabidas medidas de austeridad, control y utilización de la discriminación horaria?

La solución práctica más interesante que se nos presenta es el autoconsumo, para quien pueda acceder a él. Desde hace pocos años, recibimos con cierta frecuencia publicidad sobre la instalación de equipos basados en energías renovables para la generación de nuestra propia energía eléctrica (como pueden ser los paneles fotovoltaicos o los generadores mini-eólicos). La novedad es que, debido al desarrollo tecnológico, estas instalaciones resultan rentables: cada vez son más asequibles y permiten recuperar la inversión con un ahorro considerable en la factura.

La traba más molesta que existía fue eliminada: el Real Decreto 900/2015, conocido como “impuesto al sol”, fue un freno del Gobierno de Rajoy a los autoconsumos, ya que les imponía el abono de los peajes de acceso a las redes de transporte y distribución como contribución a la cobertura de los costes de dichas redes. Esto dificultaba la rentabilidad de las instalaciones de placas fotovoltaicas en los domicilios. No obstante, fue derogado el 5 de octubre de 2018.

Tal vez aún no sea muy realizable a nivel práctico el sueño de algunas personas de independizarse de la compañía eléctrica con paneles fotovoltaicos y/o generadores eólicos, pila de almacenamiento y grupo electrógeno en última instancia; sobre todo, parece que a las pilas les queda todavía por mejorar. No obstante, el autoconsumo, según las distintas compañías, puede permitir un ahorro que va del 30% al 60%. Las comunidades de vecinos que habitan en un bloque lo tienen más difícil (las instalaciones pueden ser individuales o colectivas), pero las viviendas con tejado o espacio libre de parcela y las empresas que instalen paneles en el techo de naves industriales o en terrenos libres pueden conseguir un ahorro sustancial. Hay que hacer números.

A la hora del reparto de los fondos europeos convendría, más que intentar mantener vivas empresas zombis, tener presentes estos proyectos que puedan beneficiar en última instancia a los bolsillos del consumidor.

Joaquín Galván Vallina

Doctor en CC. Económicas y Empresariales. Profesor de la Universidad Europea de Madrid

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