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Mi debut en la antología

Por Margarita Marbán
domingo 18 de febrero de 2024, 19:34h

Trabajé con José Tamayo en varios espectáculos y estilos, iniciando precozmente mi carrera artística. Solo tenía 15 años cuando entré el coro de su compañía para la Nueva Antología de la Zarzuela, que se estrenaría en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Con 11 años pude hacer exámenes de ingreso en el conservatorio por una serie de despistes los encargados de la documentación de acceso. El caso es que, a los 15, ya conocía el gran repertorio lírico, aunque yo me había presentado con una ranchera y sin acompañamiento musical.

Nos enteramos de que se habían convocado audiciones para la compañía y mi padre me acompañó a realizarla. Preguntó por don ‘Alberto’ Tamayo. Le di un codazo. En la compañía trabajaba la maestra María Luisa Castellanos, con la que había estudiado. Posiblemente ella, que era la encargada de la primera criba de los aspirantes, me echara una mano. Y empecé en el coro. Una mañana, Antonio Corencia, ayudante para todo de don José, me llamó a casa: ‘la soprano que canta la romanza de Doña Francisquita se ha puesto enferma. Ven pronto al teatro, que la sustituyes’. Yo, feliz, aunque a lo largo de las horas me convocaron y desconvocaron varias veces, porque pensaban que una chica de 15 años no era adecuada para Doña Francisquita. Mi madre, con buen ojo, me aconsejó que llegara pronto al teatro. Nada más aparecer, me cogió Corencia y me prepararon para el papel. Debuté como soprano solista cantando la ‘Romanza del Ruiseñor’ de Doña Francisquita. Soy soprano coloratura. Conmigo debutó también el tenor Enrique Ferrer.

Al señor Tamayo no lo vi mucho. La Antología era un espectáculo muy rodado y se montaba por las distintas secciones. Don José acudía a algún ensayo, se sentaba en el patio de butacas y, si algo no le parecía bien, daba correcciones al responsable de la sección. La verdad es que aprendimos mucho con sus notas de trabajo.

Podíamos ser setenta u ochenta personas en el escenario, dentro y fuera. Los bailarines resultaban lo más espectacular, con escenografías que parecían mucho más aparatosas de lo que eran. Con maestría, empleaba recursos muy eficaces. En la Nueva Antología hacía su aparición la Virgen del Pilar al fondo del escenario. Los cantantes no necesitábamos saber que había llegado el momento: el público enloquecía y así sabíamos que se había aparecido la Virgen.

Tantas personas en un escenario y entre cajas, provocaba un caos no siempre controlado en el madrileño Nuevo Apolo. Algunos podíamos llegar a tener doce o catorce cambios de ropa en la representación. Mientras estuve en el coro, las chicas nos cambiábamos en un camerino habilitado junto a la lavandería. Los chicos y la sastrería, en el último piso del teatro. Eran dos horas y media escaleras arriba, escaleras abajo. En una función, cuando estábamos en escena haciendo el número Islas Canarias, vi a Corencia entre cajas haciéndome gestos exagerados. No entendía qué pasaba hasta que vi que uno de los chicos, que aparecían por detrás y con los que formábamos pareja, no había aparecido. Me quedé sin pareja pero el ausente se había caído por las escaleras de camerinos en el cambio de escena y se había roto una pierna. Raro fue que no nos pasaran más sucesos así.

Estuve con la Antología tres temporadas girando por España. Me propusieron ir a la gira por Suramérica, pero mis padres no me dejaron. Volví a la empresa de Tamayo cuando iba a montar Los Miserables, que producía don José junto a Plácido Domingo y Cameron Mackintosh. Estuvimos dos años en Madrid, renegociando condiciones laborales y no siempre al alza. Cuando se nos había anunciado que haríamos temporada en Barcelona, se vino abajo, al parecer por desavenencias con Mackintosh y nos quedamos sin trabajo. Ahí terminó mi experiencia con ellos.

Don José estaba al frente de un gran equipo y tenía varios espectáculos a la vez, tanto en lírica como en teatro. Éramos tantos, dado que los espectáculo musicales siempre reunían un gran número de artistas, que durante años pensé que yo era solo un número para él, máxime siendo tan joven. El caso es que, cuando terminamos con la producción de Los Miserables, en el año 1993, mientras me dirigía con otra compañía a trabajar, me lo encontré sentado en una terraza en Aranjuez y me acerqué esperando que pudiera recordarme tras el gran éxito del musical. Entonces me presenté y le dije que quería saludarlo, que era la actriz que había trabajado con él en Los Miserables. Enseguida me dijo: ‘Claro, eres la benjamina de mi compañía, porque tú hiciste con 15 añitos Doña Francisquita en la Antología, ¿verdad?’ Desde ese día mi admiración hacia él creció aún más. Fue una persona que tenía las ideas muy claras y sabía perfectamente lo que hacía en cada espectáculo, tenía todo absolutamente controlado en su compañía, aunque pareciera que no. Un MAESTRO en todos los sentidos

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