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Cohesión urbana en barrios vulnerables

miércoles 04 de diciembre de 2019, 12:46h

Para el Ayuntamiento de Madrid pocas cosas pueden ser tan importantes como lograr la cohesión social de todos los barrios. La Agenda 2030 de Naciones Unidas define 17 objetivos que se consideran necesarios alcanzar y que “representan una oportunidad para que los países y sus sociedades emprendan un nuevo camino con el que mejorar la vida de todos, sin dejar a nadie atrás”. Sería un error creer que la Nueva Agenda Urbana se plantea solo pensando en las regiones del mundo en proceso de desarrollo. Por el contrario, nos afecta a todos.

A partir de los últimos años de la década de los 70 y a lo largo de los 80, surge, a nivel internacional, un movimiento que propugna la necesidad de reforzar los elementos de habitabilidad y las funciones de relación y culturales. Frente a los postulados de posguerra, que se centraban en ordenar la ciudad desde el punto de vista funcional, a fin de atender las necesidades de vivienda, movilidad y producción; postulados que, si bien permitieron afrontar el crecimiento urbanístico provocado por los éxodos rurales, evitando llevar a la ciudad al colapso al que, de otro modo, se habría visto avocada, provocaron, sin embargo, grandes desequilibrios territoriales en el interior de las ciudades.

En Madrid, para afrontar estos desequilibrios, el Plan General de Ordenación Urbana del año 1985 se propuso como lema el “recuperar la ciudad”. Este recuperar la ciudad ha permitido que el Madrid que hoy habitamos sea una ciudad acogedora no solo con sus visitantes, sino para con nosotros mismos, las personas que residimos permanentemente en la ciudad.

Es cierto que en Madrid aún perduran grandes desequilibrios urbanos, que se ponen de manifiesto al analizar diversos parámetros sociales (renta, desempleo, educación, esperanza de vida…). Efectivamente, sean cuales sean los parámetros analizados, vemos como las desigualdades sociales se corresponden con desigualdades territoriales, de modo que los distritos del Sur y del Este, comprendidos en el arco que discurre entre la carretera de Barcelona y la de Extremadura, presentan indicadores de una situación de vulnerabilidad estructural. Pero también es cierto que las políticas de reequilibrio territorial emprendidas en las tres últimas décadas por la Comunidad y el Ayuntamiento (ampliación del metro y de la red hospitalaria, creación de nuevas universidades y desdoblamiento de campus universitarios, programa de rehabilitación de barrios, enterramiento de la M30 a lo largo del Manzanares…) han permitido la incorporación de barrios anteriormente periféricos y que hoy están plenamente integrados en la ciudad.

Del mismo modo, los grandes programas de atención social impulsados de forma reforzada a raíz de la crisis provocada por el escándalo Lehman Brothers, ha hecho posible la atención a un sinnúmero de personas que, de otro modo, habrían tenido que abandonar la ciudad.

Pero no basta con las políticas de reequilibrio territorial, ni con los programas de atención social, para convertir a Madrid es ese espacio de convivencia en el que todos deseamos vivir. Del mismo modo en que una sociedad no puede permitirse el lujo de desatender el cuidado de su patrimonio histórico y cultural, que determinan sus señas de identidad y que la humanizan, tampoco puede descuidar su cohesión social, que hace posible que la ciudad sea ese espacio de convivencia.

La ciudad es, ante todo, un espacio colectivo y, para que ese espacio siga siendo un espacio compartido, es necesario, diría que imprescindible, el que todos los que la habitamos la sintamos como nuestra y que ese sentimiento se nutra de nuestra relación, no solo con el espacio físico sino, ante todo, con la comunidad a la que pertenecemos.

La cohesión social no es resultado de un conjunto de medidas particulares, sino, fundamentalmente, de un estilo de vida y de relación con las personas de nuestro entorno y con el barrio en el que vivimos. En la configuración de esta vinculación con el entorno, juegan un papel especial todas aquellas interacciones sociales presentes en nuestra vida cotidiana: el club deportivo en el que nuestros hijos practican deporte en equipo, el centro cultural al que acudimos, el centro de servicios sociales o de mayores que nos brinda la oportunidad de relacionarnos con otras personas que se encuentran en la misma situación en la que nos encontramos nosotros. Es al hilo de estas interacciones que se producen en cada uno de nuestros ámbitos de relación como surgen movimientos asociativos de todo tipo que constituyen una red capilar que, en definitiva, es la que da soporte a la vida ciudadana y es la base de todo colectivo social.

La sociedad ha acertado históricamente al dar carta de naturaleza a los términos ciudadano y vecino, como conceptos cargados de contenido, frente a los términos habitante o población; términos asépticos y distantes en los que ninguno de nosotros nos reconocemos.

Los desequilibrios territoriales a los que antes aludíamos no son necesariamente indicativos de una mayor o menor cohesión social. En muchas ocasiones, en la reciente historia urbana de Madrid, hemos podido ver como los vecinos de barrios degradados se alzan en un movimiento colectivo de lucha por la dignificación de sus barrios. Es decir, momentos en los que una situación de vulnerabilidad induce un proceso de cohesión social.

En estos últimos años, poco a poco va configurándose un nuevo modelo en el que (tal y como se recoge en la “Guía para el desarrollo urbano sostenible en el siglo XXI” conocido como el “Manual de Shanghai”, del año 2017) “el papel del gobierno municipal se transforma, desde su anterior función decisoria, a una nueva función de impulso y de organización de plataformas [y entornos] de colaboración, guiando a los participantes a través del proceso de toma de decisiones”.

La comunidad pasa de ser parte pasiva, receptora de los programas, a ser parte activa, corresponsabilizándose de su propia transformación. Adopta una actitud de escucha a los propios individuos que la integran, así como de acogimiento, asumiendo iniciativas orientadas a ayudar a cada uno de sus miembros a que tomen responsabilidad en su propio desarrollo personal y familiar e, incluso, comunitario.

Con este modo de actuar, resultará mucho más sencillo determinar las acciones prioritarias a articular, pues ya no solo trataríamos de avanzar en el reequilibrio territorial, sino que daríamos un salto cualitativo al descubrir que el efecto de los programas de reequilibrio territorial se multiplica cuando va acompañado de medidas orientadas a una mayor cohesión social.

A modo de ejemplo, dentro del Programa Planes de Barrio, impulsado desde hace años por el Ayuntamiento de Madrid, una de las asociaciones vecinales participantes en el mismo creó el espacio de radio “También contamos”, especialmente orientado a las mujeres del barrio. Además del hecho de la implicación de varias entidades, en su gestación y desarrollo, es de destacar el que fueran las propias mujeres participantes las que definieran el propósito último del programa, siendo éste el siguiente: desarrollar una actitud crítica frente a la realidad social; promover la comunicación, el respeto mutuo, la tolerancia y una convivencia en paz, mediante el diálogo en grupo; seguir trabajando para crecer en autoestima, seguridad, confianza, atendiendo especialmente el factor género, y favorecer el apoyo mutuo, aprovechando las ocasiones que se presenten para ello en el día a día, y si no se dan estas circunstancias, creando posibilidades para ello.

De este modo, la nueva gobernanza debe propiciar y contribuir, aún cuando solo sea de modo indirecto, a la mayor cohesión social de los barrios y, fruto de ello, al mayor protagonismo de la propia sociedad en la mejora de sus condiciones de vida. Tomando el lema para 2018 del Foro de Davos, las autoridades y la sociedad deben seguir trabajando para crear un futuro compartido en un mundo fracturado.

Carlos González Esteban es Técnico urbanístico y Secretario General del Instituto de Estudios Madrileños.

Carlos González Esteban

Técnico urbanístico. Secretario General del Instituto de Estudios Madrileños.

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