La escolarización, como tantas cosas de la vida, tiene mucho de física y de química. Química, porque la compatibilidad entre alumno y escuela es imprescindible. Y física, porque la red de centros y escuelas, en su complejidad, prevé caminos que facilitan que el flujo de alumnado vaya de unos centros a otros en busca de esa compatibilidad. Es decir, un sistema de centros educativos sostenidos con fondos públicos que debe ser plural, diverso y equitativo, en los que cada centro debe aportar su proyecto educativo claro, distinto y diferente para que las familias puedan elegir centro educativo en libertad e igualdad de condiciones.
Dicho así, todo esto se me asemeja a un laboratorio de vasos comunicantes, donde unos vierten su contenido en los otros. Un sistema debidamente pertrechado, que respeta la voluntad de los protagonistas del proceso, que obviamente son las familias, pero que marca un camino para que esa demanda quede debida y ordenadamente satisfecha. Y como es obvio, todo sistema exige la existencia de unas reglas que deben ser respetadas por todos los actores que intervienen en el proceso. Y una de esas reglas es no alterar el circuito de ese flujo de alumnado de una forma artificial y forzada.
Porque eso, y no otra cosa, es lo que ocurre con la implantación, de golpe y porrazo, de los primeros y segundos cursos de la ESO en centros públicos de Primaria. De buenas a primeras, uno de los actores intervinientes en el proceso, la Administración Educativa, ha decidido cambiar el orden de los vasos comunicantes para forzar al alumnado que tradicionalmente acudía a estos centros concertados a que permanezca en sus centros públicos cursando secundaria. Y todo ello inventándose una norma que, a juicio de muchos, puede vulnerar la propia legislación básica, al permitir trocear la ESO e impartir 1º y 2º en un centro de Primaria, y 3º y 4º en un instituto de Secundaria. Es decir, se altera una corriente de escolarización de forma artificial, rompiendo el equilibrio de las redes, lo que debilita hasta el extremo a centros concertados de la ESO que dependían de este alumnado para mantener sus aulas en pie.
Ayer, tras presenciar un partido de futbol, hablaba con mis compañeros de abono que pocas cosas hay peores que cambiar las reglas del juego una vez iniciado el partido. Y curiosamente, terminé ejemplificándolo con este cambio de reglas que no soluciona nada de las familias, ya que éstas se encontraban satisfechas con la transición publica – concertada o concertada – pública existente, y que en cambio pone en peligro la existencia de centros concertados arraigados en nuestra Comunidad.
Está claro que el autor de este cambio no sabe mucho de física; posiblemente tampoco de química; pero caramente, de lo que no tiene ni idea, es de equilibrio sensato entre redes y de programación de puestos escolares atendiendo la demanda de las familias y respetando los flujos que éstas tienen perfilados. Y es que hay que respetar la comunicación entre los vasos.