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Audrey en Las Ventas con Mel Ferrer
Audrey en Las Ventas con Mel Ferrer

Audrey casi en casa

martes 21 de enero de 2020, 13:47h

En estos días Audrey Hepburn vuelve a ser noticia porque el pasado lunes 20 hizo 23 años que “el mundo hizo un fundido a negro”, según expresión de José Luis Romo en el diario El Mundo. Otras publicaciones y medios recapitulan sobre las tendencias que aún nos inspiran de su gran estilo, y entretanto los madrileños la recuerdan de manera muy especial.

La historia de amor entre Audrey, Madrid, pero también con el gazpacho y la tortilla española comenzó, más o menos, cuando su matrimonio con el actor y director Mel Ferrer empezaba a hacer aguas. Algo de aquel gastronómico flechazo debió calar en el aristocrático ADN de la Hepburn pues como recuerda Luca Dotti, nacido de la unión de Audrey y su segundo esposo, cuando una década después y con seis años, época en la que los niños sueñan con ice cream y superhéroes, ni la fascinación de ver cada día a su madre trabajar con el Agente 007 en Robin y Marian le distraía, fijó en su memoria el ansia viva de paliar el calor asfixiante de los bosques navarros, con un buen gazpacho.

Parece que ella misma lo bordaba porque Engracia, su ama de llaves, natural de Talavera de la Reina, le había enseñado a prepararlo a conciencia; aunque cuando lo hacía en casa la pitanza de la fresca sopa solía derivar en acalorada discusión porque su cónyuge se empeñaba en desgraciarla echándole tabasco.

Audrey había visitado Madrid en 1955 con su casi recién estrenado marido, pero la primera vez que lo disfrutó de lo lindo fue en 1966 cuando llegó a la capital acompañándole también en aquella ocasión para el rodaje de la película El Greco, que Ferrer protagonizaba.

Eran otros tiempos y cuando el fotógrafo italiano Gianni Ferrari le pidió permiso para seguirla y fotografiarla en sus paseos madrileños, ella accedió sin plantearle condición alguna. Así, Ferrari dejó para la historia testimonio gráfico de su visita y compras en los lujosos ultramarinos de entonces, Mantequerías Leonesas, saliendo del establecimiento ya casi noche cerrada ante la mirada atónita de un sereno que se quita la gorra y la coloca al brazo en posición de descanso militar y en el bar y coctelería Chicote con Perico, el propietario del establecimiento referente en el chotis de Agustín Lara.

Son fotos muy distintas a las tan difundidas de Martín Santos Yuberoy que fueron tomadas en la Monumental de las Ventas durante en primer viaje. Estas eran de un caluroso verano en las que Audrey vestía con ropa informal y ligera mientras seguía atentamente las explicaciones de su marido sobre el arte de Cúchares. Por el contrario, las de Ferrari, realizadas en temporada otoñal, muestran la elegancia apabullante que la hizo icónica, con el referente sumo de su parada ante el escaparate de Tiffany en Desayuno con diamantes.

Además, en estas ya no solo era una experta en la elaboración y cata del gazpacho andaluz, sino que se había doctorado en tortilla de patatas con cebolla como mandan los cánones, por lo que sus juicios eran de mayor calado.

La actriz fue siempre una apasionada de la cocina y del buen comer, lo que atestigua el cuaderno de recetas caligrafiadas de su propia mano que Luca Dotti encontró en la alhacena de su cocina y que se convirtieron en la fuente primordial de su libro Audrey en casa, una “biografía de mesa de cocina” al decir del autor y cuya primera edición en español se publicó en junio de 2015. Sabía preparar platos extremadamente complejos y fórmulas de alta gama, pero lo que de verdad le gustaban eran los platos de pasta, de la que siempre llevaba abundantes provisiones en las maletas para hacer frente con garantías a sus viajes trasatlánticos y larguísimos rodajes.

Además su memoria del hambre vivió agazapada en el recuerdo de aquel invierno de 1944-1945 en el que los nazis decidieron exterminar a los holandeses por inanición, como represalia por la supuesta colaboración de estos con los aliados. Su único sustento entonces eran ortigas, hierbas de cualquier tipo rebuscadas por los campos yermos y tulipanes hervidos. Cuando las tropas estadounidenses liberaron la zona en que vivía ella tenía 16 años, medía 1,71 metros y su peso no llegaba a los cuarenta kilos. Padecía asma, ictericia y anemia aguda. Además, su cuerpo estaba siendo consumido por un edema generalizado. Devoró con ansia irrefrenable las tabletas de chocolate que los soldados le ofrecían y, naturalmente, su estómago reducido casi a la nada no lo pudo soportar y estuvo al borde la muerte. Pero sobrevivió para mucho después hacer desternillarse de risa a su hijo Luchino parodiando a Scarlett O’Hara mientras clamaba con el puño derecho alzado: “¡A Dios pongo por testigo de que no volveré a comer ni ortigas ni tulipanes hervidos!”.

Audrey siempre hizo buenas migas con la talaverana Engracia, porque le procuraba maravillas zurcidoras en la ropa pero aún más por cómo aprovechaba las vacaciones e indisposiciones de la cocinera Giovanna Orunesu para entrar en su territorio a desentrañarle a su señora los arcanos de platos españoles. De ellos pudo gozar en sus más genuinas versiones en aquel segundo viaje a Madrid y de paso conoció el queso duro de oveja del Maestrazgo de Calatrava y el de tetilla gallego en Mantequerías Leonesas y alguno del medio millar de cócteles pergeñados por Perico Chicote que se recogen en un libro que prologó un Premio Nobel. Quizá, ¿por qué no?, el que lleva su nombre, Jacinto Benavente Cocktail, que: “… se prepara en coctelera, con unos pedacitos de hielo, una cucharada pequeña de jugo de naranja, media copita de Gordon Dry Gin, un cuarto de copita de Curaçao y lo mismo de Kirsch, se agita todo y se sirve en copa de cocktail con una guinda”. Seguro que Dios, además de estar contento de tener a un ángel como Audrey cerca de él, como dijo Elisabeth Taylor a su muerte, acepta siempre de grado, aunque solo de vez en cuando, tomarse con ella el combinado.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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