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Creatividad al poder: Los 39 escalones, o cómo hacer magia con casi nada

Por Juancho Pajares
domingo 21 de junio de 2026, 23:40h
Actualizado: 21/06/2026 23:46h

Hay espectáculos que impresionan por el despliegue técnico, y hay otros que consiguen algo mucho más difícil: demostrar que la imaginación sigue siendo el mejor efecto especial. Eso es exactamente lo que sucede en Los 39 escalones, la divertidísima adaptación teatral inspirada en la novela de John Buchan y la película de Alfred Hitchcock. La vimos (¡la disfrutamos!) en el madrileño teatro Salto Escénico, cuyos dueños y empleados te hacen sentir como en casa de principio a fin. Experiencia redonda y muy, muy artesanal. Y estará hasta el sábado 27 de este mes. Y ahí lo dejo.

La premisa ya es un pequeño desafío: una trama de espionaje ambientada en los años treinta, persecuciones, trenes nocturnos, asesinatos, cambios de escenario continuos y una galería interminable -literal- de personajes. ¿Cómo condensar todo eso en un escenario mínimo? La respuesta de la compañía es sencilla y brillante: con creatividad. Mucha creatividad.

Porque aquí un marco se convierte en diferentes ventanas, una misma puerta comunica a decenas de habitaciones distintas y unos pocos elementos bastan para hacernos viajar de un salón londinense o de un hotel escocés al interior de un tren, y de un vagón al paisaje que se escapa por las ventanillas. El espectador no solo mira: completa el juego con su propia imaginación. Y ahí reside gran parte del encanto.

En tiempos de reciclaje y sostenibilidad, Los 39 escalones reivindica además un teatro artesanal. La escenografía y el vestuario, elaborados a partir de materiales y prendas reutilizadas, no son una limitación, sino una declaración de principios. Nada sobra, nada falta. Todo está al servicio de la historia y del humor.

Y qué decir del reparto. Cuatro actores (Karl Andress, Miguel Costas, Claudia Municio y el propio Charpy, magníficos) sobre el escenario y una proeza interpretativa: uno de ellos encarna al protagonista, Richard Hannay (Costas), mientras los otros tres se multiplican para dar vida a casi cincuenta personajes distintos. Cambian de voz, de gesto, de sombrero, de abrigo y, en cuestión de segundos, son otra persona. El ritmo es endiablado y las transformaciones, tan ingeniosas como hilarantes.

Sentido del humor y suspense, juntos

La puesta en escena, dirigida por Maxime Charpy, bebe del universo de Hitchcock, pero lo hace sin solemnidad, con un sentido del humor físico y visual que convierte el suspense en una comedia vertiginosa. Hay ecos del cine clásico británico, del vodevil y hasta del cine mudo, pero siempre con un espíritu juguetón que contagia al público.

Se sale del teatro con una sonrisa y con una sensación reconfortante: la de haber asistido a una celebración del ingenio. Porque Los 39 escalones demuestra que, cuando hay talento y buenas ideas, cuatro actores, un par de sombreros y de medias, un butacón y una puerta pueden contener un mundo entero.

Creatividad al poder. Y larga vida a este tipo de teatro, capaz de recordarnos que la magia, muchas veces, consiste precisamente en eso: en hacer muchísimo con muy poco. Y una sugerencia al ami Maxime: el supuesto Scotch que toma Hannay más parece un patxarán…

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