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Días extraños

lunes 30 de marzo de 2020, 16:33h
En estas circunstancias excepcionales, de distorsión espacio-temporal, de extrañamiento forzoso, de enorme caos en que nos da miedo, el miedo de los otros, hemos de calmar la mente e incentivar nuestro innegable sentimiento de pertenencia a la comunidad.

Tiempos de vulnerabilidad, de desconcierto global, de depresión emocional y material, donde percibimos las certezas del mundo amenazadas, nos hemos detenido, lo que nos permite repensarlo todo.

Sí, en esta inimaginable situación, desde la emoción, los sentimientos, la acción (aún interior y de comunicación) nos está permitiendo fortalecer la resiliencia, incrementar la empatía y la disposición a ayudar, diferenciar lo urgente de lo importante, apreciar la existencia austera y esencial agradecer a la vida poder vivirla.

Es momento para cuidarnos los unos a los otros, para ubicarnos en el inimaginable e inabarcable universo, para intuir los retos cognitivos, sociales, económicos de nuestra especie que está en coma inducido. Replanteémonos el concepto que tenemos de nosotros mismos, revitalicémonos.

Hay tiempo, para uno mismo mirando por la ventana, levitando con la música, perdiéndonos entre las páginas de un libro, y también para multiplicar sonrisas y esparcir esperanza, para asomar a lo lejos desde una posibilidad única, quizás irrepetible, en la que el mundo contiene la respiración.

No sabemos si las cosas volverán a ser como eran antes, ni si debieran serlo. Comprobamos que mayoritariamente nos adaptamos, no sucumbimos al pánico, ni a la desesperanza. Constatamos que necesitamos muy pocas cosas para valorar la vida.

Una sociedad, la nuestra, donde el bienestar está en suspendo, donde reina la incertidumbre, la ansiedad, la angustia, el miedo, se impone la identidad comunitaria, el sentimiento colectivo, la entereza y la entrega, la fuerza del cariño.

Un mundo al borde de un colapso económico, está afrontando un test de salud de la sociedad y sus economías, que evaluará la capacidad de implicación en la ayuda de las más vulnerables; pero también de la tolerancia a la intromisión de los Estados, en nuestras vidas.

Encrucijada de mi conducta y la de los demás. Dilema utilitarista ante el castigo altruista, el reproche social. Opción (en Occidente) entre conducirse por solidaridad o por obediencia y sumisión.

La realidad, es. Pero el pensamiento, la imaginación pueden y deben volar, ser libres.

Centrémonos en lo que podemos hacer, pongamos nombre a nuestras emociones, démonos permiso para sentir, para escribir, para compartir desde la flexibilidad mental, mucho más allá de la tolerancia. Sí, demos abrazos emocionales, estemos cerca de aquellos a quienes queremos y de quienes lo necesitan.

Nos cabe ser actores del presente y solo quizás del futuro, preparemos planes de acción, pero desde el autocontrol y la disciplina evitemos el riesgo de dejarnos llevar, del estar tumbado, del beber alcohol, de comer de manera continuada, de descuidar la higiene y la imagen.

No contagiemos planteamientos quejicosos o tóxicos, no nos obsesionemos desde la adicción a la sobreinformación. Y no empleemos mecanismos defensivos como el desplazamiento, pues corremos un grave peligro, el de la insensibilidad hacia los demás.

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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