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Sinaia, pateras y exilio: rumbo a la Libertad

jueves 29 de agosto de 2019, 08:10h

Los españoles que emigraban a México a fines del siglo XIX y principios del XX en busca de una mejor vida eran llamados de manera despectiva “gachupines”. Este sambenito desapareció a raíz del exilio español que llegó a México huyendo del franquismo español y el nazismo. La vanguardia de ese refugio llegó al país hermano hace ochenta años a bordo del tico buque Sinaia. El Sinaia era un vapor de bandera francesa fabricado en 1924 que fue fletado por el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) con dinero de la República, por orden de Negrín, tras una invitación del presidente mexicano Lázaro Cárdenas.

Fueron 1.599 personas: 953 hombres; 393 mujeres y 253 menores de quince años quienes aquel 24 de mayo de 1939 pudieron embarcar en el puerto mediterráneo de Sète (Francia) con rumbo a México. Aunque se hicieron dos escalas, en Madeira y Puerto Rico, el pasaje no tomó tierra hasta atracar en Veracruz, el 13 de junio. El listado completo se puede consultar en la web de la Fundación Pablo Iglesias.

Según relata Andrés Trapiello viajaron en aquel legendario buque algunas de las personas más preparadas de la República Española: abogados, médicos, ingenieros, maquinistas, intelectuales, artistas y operarios cualificados que correspondieron con la generosidad de Cárdenas trabajando en México como en patria propia.

El Sinaia medía 112 metros de longitud y pesaba doce mil toneladas; viajaba a una velocidad de 14 nudos y se planeó para transportar a 132 pasajeros en cabina y 522 en la zona de tercera clase, con lo que en la travesía del exilio español se dobló su capacidad. La tristeza del pasaje pesaba más que el propio pasaje. A pesar de ello y el hacinamiento, durante el viaje se desarrollaron multitud de actividades artísticas y culturales.

A las cinco de la tarde del 13 de junio de 1939, el Sinaia atracó en el puerto veracruzano, y una comitiva del gobierno mexicano junto con veinte mil personas de sindicatos y asociaciones civiles dio la bienvenida a los refugiados con la presencia del secretario de Gobernación mexicano, Ignacio García Téllez. Al Sinaia le siguieron otros buques como el vapor Ipanema en julio con 998 exiliados, y el Mexique con 2.200. Hasta 1942, se calcula que, entre 22.000 y 30.000 españoles llegaron al país.

Pero el exilio español no sólo fue a México en barcos más o menos hacinados repletos de personas relevantes. España, su clase obrera y campesina, se escondía dentro de sus fronteras y huía como podía a pie, 465.000 a través de los Pirineos, o también en barco a un exilio menos conocido como el realizado por 19.000 personas a Argelia.

No puede olvidarse la proeza del Stanbrook, el buque inglés que el 28 de marzo de 1939, tres días antes del final de la Guerra Civil, partió del puerto de Alicante rumbo a Orán con 2.638 personas a bordo. Su capitán, Archibald Dickson, desobedeciendo las órdenes de su armador, dejó de lado las mercancías que tenía que transportar y asumió el deber de socorrer a los miles de republicanos que se hacinaban en el puerto convirtiéndose en su última esperanza.Como relata Paul Preston en El holocausto español: “La cubierta estaba ocupada hasta el último rincón, al igual que las bodegas, por lo que la línea de flotación estaba muy por debajo del agua”.

El propio Marcelino Camacho, cuando huye del campo de concentración, en 1944, se exilió en Orán, donde conoció a Josefina, que emigró en la infancia para poder comer.

Tampoco puede obviar la Historia la llegada de 12.000 españoles “sin papeles” a Venezuela, en su mayoría campesinos de Gran Canaria. Entre 1948 y 1951 huyeron 1.933 personas (1.890 hombres, 44 mujeres y 11 niños), que viajaron en 62 embarcaciones de vela de pequeño tamaño. O sea, lo que hoy venimos llamando pateras, pero de más largo recorrido, tal como narraba un artículo de El Mundo hace un año, firmado por Luis de la Cal.

Tomás Bárbulo fue uno de esos emigrantes y explicaba en 2011 en El País que fueron interceptados por la Guardia Civil, que les ordenó que se detuvieran “en nombre de España”. “¡Que se entregue tu madre!', les respondió una voz en la oscuridad”. Un golpe de viento les ayudó a escapar. Cosa de los alisios que llevaron a Colón al Nuevo Mundo.

Pasaron casi todo el tiempo del viaje en la bodega. “Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos”. Se alimentaron “de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada”. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela. Allí fueron registrados como inmigrantes voluntarios y trasladados a un centro de Caracas.

Son historias que ahora vemos como surgen al revés. Cada día vemos pateras desbordadas, muerte y también honorables gentes de mar que incumplen órdenes políticas para seguir la ley de la mar y salvar personas. En España el neofranquismo de Vox ya está introduciendo un odio que España no tiene por ser un país de exilio e inmigración.

Desde CEAR se criticaba recientemente que con 54.000 solicitudes de asilo en España, el porcentaje de resoluciones favorables descendió de un 35 % a un 24 %. Los datos son escalofriantes: en el mundo, 68,5 millones de personas se han visto obligadas a huir. De ellos hay diez millones de apátridas y 25,4 millones de refugiados, la mitad menores de 18 años.

España no puede cerrar los ojos al refugio y la inmigración porque debemos mucho a muchos países.

Jaime Cedrún
Secretario general de CCOO de Madrid

Jaime Cedrún

Secretario general de CCOO Madrid

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