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Salvemos el Paseo de Rosales

miércoles 07 de noviembre de 2018, 11:32h

El abandono que padece el Paseo del Pintor Rosales, uno de los más bellos y emblemáticos de la ciudad de Madrid, persiste en nuestros días. Son culpables de ellos los distintos gobiernos municipales que se han sucedido en la Capital, incapaces de afrontar la problemática que afecta a ese rincón privilegiado de nuestra Villa. En este caso tan singular, ya digo, la desidia consistorial se remonta, fundamentalmente, a la prolongada etapa ejecutiva protagonizada por el Partido Popular.

El Paseo de Rosales se prolonga desde su confluencia con la calle Ferraz, a la altura del Templo de Debod, hasta el Paseo de Moret, bordeando en todo su trayecto al formidable Parque del Oeste. Este espacio urbano, tan querido por los vecinos de Argüelles y Moncloa, frecuentado también por muchísimos madrileños, ha perdido gran parte de sus características ambientales y paisajísticas.

El deterioro comenzó en la década de los años 90 del pasado siglo. En aquellos tiempos, el Ayuntamiento autorizó la excavación de la calzada del Paseo y la construcción en sus entrañas de dos amplios aparcamientos subterráneos. Situados a la derecha y a la izquierda del cruce del Paseo con la calle Marqués de Urquijo, cobijan bajo el pavimento cuatro plantas de estacionamientos privados. Se vendieron a buen precio, estipulándose en los contratos el carácter temporal de la concesión. Esta privatización de suelo público escandalizó a la opinión pública, pero el Ayuntamiento se salió con la suya.

La obra modificó el trazado del Paseo y la anchura de sus aceras, provocando además la tala indiscriminada de cientos de árboles. Antes de consumarse esta brutal intervención urbanística, cuatro hileras de árboles de buen porte jalonaban el Paseo de Rosales en toda su extensión. Formaban una cobertura vegetal verde y frondosa que sombreaba todo su recorrido. Entonces, bajo esa cúpula verde, se podía pasear en primavera y verano sin calenturas ni agobios. En el otoño se caminaba sobre un tapiz de hojas amarillas y en invierno el viandante se dejaba seducir por la magia romántica del ramaje desnudo.

En la linde con el Parque del Oeste, pegadas a él y protegidas con barreras de arbustos, se apostaban varias terrazas señoriales. Al frente de cada una de ellas un kiosco de ladrillos vistos y tejas de pizarra negra. En sus veladores, estrechos y entoldados, se sucedían las hamacas de mimbre y las mesas de mármol blanco. Atendidas por camareros uniformados, los fines de semana se abarrotaban de personal.

Nada queda de todo aquello. Todo se mantienen en pie dos filas de árboles melladas y descompuestas. A lo largo de muchos metros del Paseo, vacíos y secos, decenas y decenas de alcorques prueban la incuria de la concejalía de distrito. Tampoco es nuevo. En la época de Ana Botella diezmaron el arbolado aduciendo que algunos ejemplares impedían el crecimiento de los contiguos. Se cortaron y en su lugar se plantó cemento. Por todo ello, yo le ruego a la Alcaldesa Carmena que repueble de foresta el Paseo y dignifique un lugar tan esplendido. Muchos miles de ciudadanos. Créame, se lo agradeceremos infinitamente.

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