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Historias mínimas

martes 24 de octubre de 2017, 09:49h
De entre los rescoldos humeantes de los profanados bosques gallegos, nos alcanzan historias sorprendentes como no podía ser menos en la tierra mágica de Breogán. Historias que apenas se abren un hueco en esta actualidad desde hace meses tan vertiginosa. Una de ellas la protagoniza un pequeño perro llamado Jacki al que la mirada ágil de un fotógrafo supo captar en su hasta entonces anónimo y desenfrenado trasiego en busca de sepultura para sus indefensos congéneres, sorprendidos en su fatal vulnerabilidad. En la foto vemos como Jacki traslada los restos carbonizados de una cría, tal vez de su reciente camada o de algún otro pequeño habitante de los bosques. Quizá alguna hada buena, un biosbardo o inocente gamusino, algún mouro o pupieiriña –criaturas generosas que escarban para buscar regalos para los niños a los que protegen a cambio de migas de pan- o, en fin, cualquier ser o espíritu de su inagotable mitología. Quizá Jacki sea, él mismo, uno de esos entes mitológicos.

Llama la atención la entereza de Jacki, su firme decisión. La foto le detiene en un lugar indeterminado y a la vez familiar, el giro de una carretera apenas asfaltada que colinda con un muro arrugado y húmedo surcado por el musgo en las inmediaciones de la Igrexa de Chandebrito en Nigrán (Pontevedra). Pero tampoco la foto logra detener su carrera, la plena determinación de Jaki reflejada en su mirada. Y a poco que nos fijemos y nos despojemos de los prejuicios, observamos que los ojos vidriosos de Jaki expresan tristeza, consternación y reproche. Parece espantado y exhausto por todo lo que ha visto. Humanizamos a los animales, a nuestras mascotas, dicen algunos, como si fuera excesivo devolverles el cariño y la lealtad que nos profesan. Habría que preguntarse si no tendríamos que animalizar a los humanos. Sobre todo a los que han provocado el desastre.

Jaki no tuvo reparos ni hizo distinciones. Y se adjudicó una responsabilidad y un deber más allá del que le otorga su naturaleza.

Casi al mismo tiempo, una niña de dos años era rescatada tras haber estado perdida durante horas en el bosque, quién sabe si también protegida por alguna mitológica pupieiriña gallega, que, solidaria, devolviendo antiguos favores del resto de España de cuando El Prestige, voló rauda hasta los bosques de Gredos. Allí, nada menos que un podenco, también de aspecto mitológico, la había estado cuidando sin separarse de ella y pudo alertar con su ladrido a los rastreadores que casi la daban ya por perdida para siempre. La salvó de esa pesadilla milenaria, de ese cuento nocturno que narra desde el principio de los tiempos la negrura de los bosques, como si fuera la voz paterna que la hubiera sacudido en su cama. ¿Por qué llega a conmovernos tanto la nobleza de los animales? Puede que sea simplemente el reconocimiento en ellos de una forma añorada de compasión. En todo caso, ¿qué sabremos nosotros sobre el sentir y el sufrimiento de los animales por tanta veces que se lo hemos infringido? Nosotros que de, tan humanos, somos incapaces de entender nuestro propio sufrimiento. No digamos el de los demás. O quizá sea que estamos tan solos que hemos de recurrir a sus gestos –y gestas- que nos conduzcan de nuevo a nuestra perdida empatía de seres humanos. Puede que Jacki no llevara entonces en sus fauces otra cosa que las cenizas de ese recuerdo.

Si. Son historias mínimas. Extraviadas en estos días desquiciados. Quizá por eso tan grandes y extraordinarias. Y todas en el seno materno que nos une a todos. La naturaleza a la que debemos honrar.
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