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Espartaco en la Gran Vía

jueves 08 de diciembre de 2016, 15:42h

Cumple cien años Kirk Douglas , al igual que los cumplió no hace mucho nuestra Gran Vía madrileña, allí donde tantas veces su mítico hoyuelo se asomó en tantos de sus cines. Cines ahora abandonados a su destino, varados entre las multitudes y la ingratitud, convertidos muchos de ellos en sucursales de comercios textiles. Qué curioso, él que tantas veces necesitó solo de una túnica para plantarse en la pantalla. Cines con nombres y arquitectura palaciega como ese Avenida donde se estrenó una de sus películas menos recordadas, la ácida y melancólica "El Compromiso" de Elia Kazan. Eddie Anderson, un ejecutivo desencantado que buscaba con desesperación el consuelo y una última oportunidad en los brazos de Faye Dunaway. No sería la única ocasión en la que Douglas abandonaría la gran épica de sus obras mayores para ponerse el traje del hombre contemporáneo como en la amarga "Cautivos del mal" de Minnelli o en la igualmente desencantada "Un extraño en mi vida" junto a Kim Novak , del hoy olvidado Richard Quine. Allí era Larry Coe, un arquitecto que intentaba reconstruir su vida. Películas aparentemente menores, alejadas de la magnitud del gran héroe a las que él se acercaba con credibilidad y pasión por mucho que fuesen perdedores, algo que siempre supo hacer aún vestido de uniforme como ese doliente coronel Dax de "Senderos de gloria" de Kubrick o el periodista Chuck Tatum de "El gran carnaval" de Wilder, o, mucho antes, casi en sus comienzos, el boxeador arribista de "El ídolo de barro", tan concisa y directa como un puñetazo al hígado y el John Burns de la crepuscular "Los valientes andan solos", por cierto con guión de Dalton Trumbo a quien había devuelto su dignidad como guionista proscrito con la descomunal "Espartaco".

Ahí va Espartaco cabalgando por alguno de los carriles habilitados en la Gran Vía sin coches de estos días, buscando quizá las marquesinas de esos cines abandonados o reciclados. Allí en Callao donde se subió en su día en el Palacio de la Prensa, junto al legendario Nemo de James Mason, al submarino de la grandiosa "20.000 leguas de viaje submarino" de Richard Fleisher. Aquí dejó para la eternidad al alegre pendenciero Ned Land, el inolvidable arponero de diversas infancias, pues Douglas ha sido y será uno de esos actores que ha concitado la admiración de varias generaciones. Un siglo da para eso y más. Espartaco, Ned Land, personajes por los que será siempre recordado. O puede que se pare a observar, con los harapos y la tristeza de Van Gogh en "El loco del pelo rojo" de Minnelli, el actual abandono del añorado Palacio de la Música, aún en busca de su destino en los vericuetos administrativos. Un cine capaz de congregar a dos mil almas y un referente arquitectónico mundial. Cines con nombres de epopeya: Capitol, Callao, Rex, Pompeya, Imperial, Coliseum, templos en los que Kirk Douglas ha vivido y nos ha hecho vivir sus aventuras, sea con las pieles de guerra como en "Los Vikingos", de nuevo con Richard Fleisher o su chaleco ceñido al revólver junto a su alter ego Burt Lancaster en "Duelo de titanes" de Sturges, nada menos que juntos Doc Holliday y Wyatt Earp. No solo intervino en este western memorable, también en otros dignos de reseña como el desolado "El último atardecer" de Aldritch, "El último tren de Gun Hill" y el sarcástico "El día de los tramposos" de Mankiewicz, y en ninguno de ellos Douglas se reservó el papel de héroe de una sola pieza, sino al contrario no reparó en mostrar incluso la fragilidad y el fatalismo del perdedor.

Cien años que dan para muchas vidas, las que él interpretó y las que nosotros soñamos. Más que las de un gato, desde luego pues sobrevivió incluso a accidentes de avión y a algún que otro infarto, amén de los avatares de su azarosa vida amorosa, todo tan bien retratado en sus trepidantes memorias bajo el título humilde de "El hijo del trapero" y que se leen con la avidez de una novela de aventuras.

Puede que, ya de retirada, Espartaco a punto de soplar sus velas centenarias, se dé cuenta de que apenas circulan coches por la Gran Vía, desprovista del parpadeo del tráfico, como viejos fotogramas titilantes. Una Gran Vía igualmente abarrotada de gente atribulada con bolsas en las manos, otra repentina decisión de una alcaldesa que parece regir según haya dormido la noche anterior; bolsas que pueden comprarse allí donde antes se abrían a la noche las viejas taquillas, antesalas del fulgor de los palacios del cine y donde ahora queda mucho que recordar y apenas ya nada que decir.

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