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El mundo sigue

jueves 29 de septiembre de 2016, 07:57h

Tras las elecciones gallegas y vascas, se ha destapado la caja de los truenos. De sus resultados, más que el posible desatasco en la encrucijada nacional, nos topamos ahora con el gran atasco en la política partidista. Parece que no teníamos suficiente dosis de crisis. Faltaba la de los partidos y ha explotado. Ahora con la del PSOE, habitualmente más estruendosa como corresponde siempre a las grandes broncas familiares. La guerra de guerrillas, más o menos larvada durante todos estos meses, se ha convertido, ya sin tapujos, en una guerra abierta para la estupefacción del personal. Ese público estafado que asiste a todo esto como en una noche de boxeo en la que las sillas acaban sobrevolando las cabezas al descubrirse el tongo. A Rajoy le ha bastado con sentarse y esperar a ver en remojo las barbas del vecino ante la falta de perspectiva de Pedro Sánchez, cuya obstinación ha ido perdiendo argumentos sólidos, y ahora ya sentenciado por el gurú Felipe González que le ha llamado poco menos que mentiroso, consciente de que a una situación políticamente de emergencia nacional, se la ha sustituido por un situación de emergencia políticamente pasional. Aunque sea un folletín por entregas provinciano e inoportuno. Con gran habilidad, el PSOE ha logrado apartar el foco de la corrupción y demás rémoras hasta ahora centrado en el PP. No es la primera vez. Así que “saliendo de la nada han alcanzado las más altas cotas de la miseria”, como dijo Groucho. ¿Quién se fiaría ahora del llamado pacto de gobierno alternativo progresista si ni siquiera son capaces de entenderse, ya no con Podemos y Ciudadanos, sino simplemente entre ellos mismos? Aun así, Rajoy deberá cuidar igualmente su barba como aconseja el refranero porque la sombra de Feijóo es alargada y además el presidente gallego tiene aspecto de ciprés. Seguro que lo hará. Su lema es “el que resiste gana”.

De manera que es turno para el PSOE, siempre tan autodestructivo. Su descalabro final se asemeja a esas explosiones controladas que derriban los edificios mortecinos que aguardan su ejecución recordando tiempos mejores. Tras el 25-S, ya solo bastaba apretar el botón. PODEMOS estará atento a recoger los escombros del dichoso sorpasso. Así que Rajoy se frota las manos. Su venganza, lenta pero segura, sigue avanzando. Ahora sí que todo lo que no sea Rajoy, todo lo que no sea PP va a parecer más que nunca el caos. Quién nos iba a decir que el certificado de defunción del bipartidismo lo acabaría firmando el PSOE, repentinamente acosado en tantos frentes. También en aquellos gobiernos sujetos por alambres como en Castilla La Mancha donde gobierna uno de los cabecillas de la oposición a Sánchez. Hasta Cospedal, siempre tan circunspecta, se ha permitido un toque de humor negro, más que manchego, ofreciendo su colaboración al PSOE.

Las escaramuzas no han hecho más que empezar una vez rota esa especie de paz armada sencillamente porque además caminamos hacia nuevas elecciones y a partir de ahora, roto el dique de las falsas apariencias, todo puede valer en la confusión que nos aguarda. Mientras, pocas veces antes la ciudadanía ha tenido la impresión de vivir su vida al margen de la de los políticos. Como si fueran mundos ya no paralelos sino antagónicos. “El mundo sigue”, como advertía aquella película de Fernán Gómez, y, tras el verano, la gente lleva a los niños al cole, mira sus cuentas, miran de reojo sus hipotecas. Los que pueden. Hay otro pelotón que ni eso. Les basta con emplear sus energías en sobrevivir. Si al final hay elecciones por navidad, no serán ellos, los políticos, los protagonistas, a los que quizá les aguarda un profundo silencio entre la algarabía de las fechas. Será de nuevo Doña Manolita que conseguirá lo que ninguno de ellos ha conseguido; ponernos a todos de acuerdo y hacernos olvidar por un momento lo que nos están inculcando: que la esperanza puede ser una forma de ceguera.

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