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Cuando los políticos realmente ‘No nos representan’

miércoles 08 de junio de 2016, 13:32h

Seguro que recuerdan ustedes aquel famoso “relaxing cup”. El asunto se hizo viral, como se dice ahora; es decir, que fue la comidilla de toda España durante algunas semanas, y tema de numerosos chascarrillos. Lo que más pareció indignar a todo el mundo fue el triste papel que se atribuyó a la entonces alcaldesa Botella. Ya empezaba a sonar fuerte entonces la falacia ésa del “no nos representan”…

Como una es un poco rara, y a pesar de que no puedo realmente defender la actuación de Ana Botella en aquel evento, y desde luego no contaba con mi voto ni para ser alcaldesa ni para mantener a Madrid embarcada en una nueva y ruinosa tentativa olímpica, lo cierto es que ese día sí que me representaba, aunque lo hiciera digamos que regular: a mí y a todos los madrileños, simplemente porque era la alcaldesa de Madrid y por lo tanto ostentaba la representación institucional de la ciudad.

Lo que me indignó de veras fue el séquito digno de un sátrapa oriental que la acompañó en aquella ocasión a Buenos Aires. Al grito de ¡viaje gratis, todo incluido! se apuntó a la excursión todo bicho viviente que era alguien en España y muchos que difícilmente podían entrar en esa categoría y además no tenían nada que ver ni con Madrid ni con el movimiento olímpico ni aún con el deporte. Me preocupaba mucho saber cuánta gente se había beneficiado del viaje, cuánto había costado la fiesta y quién la había pagado. Porque el mantra oficial de aquellos días aseguraba que la de Madrid2020 iba a ser una candidatura austera, y que el grueso del dinero iba a salir del sector privado.

Claro, aquí nos enfrentamos con un problema: lo que entendemos por “patrocinio” y “colaboración público-privada”: porque el concepto del Ayuntamiento no parecía ser “captar capitales privados para utilizarlos en beneficio de los ciudadanos”, sino “qué bien, así puedo gastar más”. Es decir: si las instituciones consiguen implicar al capital privado, lo justo es que ese dinero redunde de alguna forma en los proyectos para los que se recauda, y no se destine a pagar fiestas y jolgorios a los mismos de siempre. A todo esto se añadía un problema de transparencia: lo poco que se sabía, todo muy confuso, se conocía únicamente por la prensa, no por boca de los responsables del Ayuntamiento. Y, créanme, a pesar de preguntar insistentemente, tampoco pudimos saber mucho más, porque no hubo forma de que soltaran prenda. Y esto no puede ser así; la transparencia tiene que ser total, también con el dinero privado cuando éste se va a dedicar a asuntos públicos.

Y dirán ustedes, ¿a cuenta de qué acordarse ahora de todo eso? Pues me acuerdo de todo eso en plena resaca tras la final de la Champions League, cuando nos vamos enterando de que, fiel a los modos y maneras de la más rancia tradición política española, la llamada nueva política no tiene reparos en sumarse alegremente a cualquier fiesta que se ponga a tiro, a ese mundo de glamour, de viajes en avión privado a cargo de empresarios, de presencia en lugares exclusivos, de abrirse hueco a codazos en el mundillo del poder, el dinero y la gloria… eso sí, todo a costa, como siempre, del conjunto de los ciudadanos.

Por lo menos, hay que reconocer a Begoña Villacís y a Ignacio Aguado (máximos representantes de la ‘nueva política’ en un avión donde no faltaba ni el ministro de Justicia en funciones) el mérito de una cierta transparencia: no se han recatado en reconocer que la entrada y el viajecito no se lo pagaron ellos (ni siquiera desviando fondos de sus grupos parlamentarios –por error administrativo, of course-), sino que fueron invitados por uno de los clubes en liza. Pero sus explicaciones demuestran que no han entendido nada. Según ellos, habían ido en calidad de “representantes institucionales”. Pues miren: no.

En absoluto. Sin ser de mi grado, porque obviamente a ellos no les voté, Villacís y Aguado me representan, respectivamente, en el Ayuntamiento y en la Asamblea de Madrid, pero en Milán no pintaban nada. En Milán me representaba únicamente la que es hoy mi alcaldesa, la Sra. Carmena, a la que por cierto, y como a cualquiera le resultará obvio, tampoco he votado.

No voy a entrar ahora, porque la cosa sería muy larga, a analizar qué pasa o qué va a pasar con la Peineta, con la operación Mahou-Calderón o con el papel que los diferentes grupos políticos del Ayuntamiento de Madrid van a jugar en las decisiones que se terminen tomando. Eso lo dejo para otro día; y, hasta que el futuro nos revele el resultado final, me imagino que cada uno se irá haciendo su propia composición de lugar. Lo que sí queda meridianamente claro es que asuntos como éste contribuyen muy poco a que los ciudadanos recuperen la confianza en las instituciones y en quienes se ofrecen para representarlos en las mismas, y dan carta de naturaleza a esa segunda falacia tan extendida, la de que todos los políticos son iguales.

Nunca se insistirá lo suficiente en que lo de que de verdad necesitamos es que, de una vez por todas, se ejerza en España una forma diferente de hacer política: una forma de hacer política que desde luego sería nueva, porque no es la que se ha venido practicando de modo habitual, pero cuya principal virtud no radicaría precisa ni exclusivamente en su mera novedad, sino en su honestidad, en poner el foco de atención en el servicio a los ciudadanos, en la preocupación por los problemas del país, en la voluntad de mejorar cada día nuestras instituciones y la calidad de nuestra democracia. Limitarse a confundir “nueva política” con “caras nuevas” nos lleva a lo que tenemos: un simple “quítate tú para ponerme yo, que ahora me toca disfrutar a mí”.

¿Esto es lo que entendemos por regeneración democrática? Qué quieren que les diga; por lo que a mí respecta, no.

Patricia García. Candidata al Congreso de los Diputados por Unión, Progreso y Democracia.

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