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En campaña

Desmoralizados

Desmoralizados

Por Pedro Montoliú
martes 03 de mayo de 2011, 00:00h
Actualizado: 09/05/2011 21:28h
El pasado 2 de Mayo, las encuestas aparecidas en distintos medios cayeron como una bomba entre los socialistas que habían acudido a la recepción de la Comunidad de Madrid. A las preguntas de los periodistas intentaban responder manteniendo el tipo pero, por lo bajo, expresaban, más que contrariedad, desmoralización.

Las razones son dispares. Para unos era su último acto institucional tras haber saltado de las listas tras su apoyo a Trinidad Jiménez en las primarias;  para otros, el tiempo para que los candidatos hagan campaña es insuficiente. Unos aducían motivos sociológicos —la edad de la población de la capital, por ejemplo—; otros reconocían que los gobiernos de Gallardón y Aguirre han sabido vender sus logros y tapar sus carencias, frente a un PSM que se ha mostrado, primero, dividido y, después, incrédulo ante la bondad del resultado.

No faltaban quienes aseguraban que no se ha sabido delimitar la política nacional de la autonómica y municipal —algo bastante usual en un Madrid que confunde todo en su propio perjuicio—, con lo que los fallos del Gobierno de Rodríguez Zapatero, utilizados de forma habitual como argumento  por los políticos madrileños para justificar todos los problemas, pasarán más factura en esta comunidad que en otras.

No es extraño que, en estas circunstancias, los responsables de la campaña del PP achaquen los buenos resultados que se pronostican para su partido tanto por el resultado de su buen hacer como por el demérito de sus adversarios.  Constantino Mediavilla decía la semana pasada en este mismo periódico que aún había partido. Efectivamente, queda toda una campaña por delante para convencer no a quienes ya tienen decidido su voto, sino a ese 30 por ciento que aún no sabe si votará y, en caso de hacerlo, en qué sentido lo hará.

Pero, desde luego, antes de pedir el voto, los responsables del PSM deberían concentrarse, como los jugadores de un equipo, y mentalizarse de que aún es posible, si no la victoria, sí el descalabro anunciado, porque lo que es seguro es que nunca nadie pone sus esperanzas en un líder desmoralizado.
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