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23-F
24-02-2011

23-F
Javier López

Hay conmemoraciones que no apetece traer a la memoria, pero que son inevitables cuando cumplen años tan redondos como el 30º aniversario del 23-F y, desde los medios de comunicación se organizan informes, informativos, separatas, artículos de opinión, galerías fotográficas, entrevistas, en un bombardeo machacón y redundante.

Al cabo de los años, más allá de lo estrictamente conocido, ni los mismos golpistas parecen saber qué ocurrió, ni cómo, ni por qué. Se nos somete así a un tortuoso recorrido paranormal en el que los hechos conocidos se mezclan con experiencias personales, aderezado con opiniones “cualificadas” y con vivencias diversas.

La sensación final es de perplejidad, cargada de más preguntas que respuestas, sombras de duda sobre el papel de cada quién en la intentona golpista.

A partir de ahí, cada uno es muy libre de inventar su propia teoría de la conspiración y, tirando por elevación, construir una trama con servicios secretos y la CIA de por medio. A fin de cuentas todos sabían algo y ninguno sabía todo. Así es, si así os parece.

Lo cierto es que aquella noche se destruyeron muchas fichas de afiliación a partidos y sindicatos obreros. Fueron muchos los que durmieron fuera de casa. Algunos se concentraron ante Ayuntamientos como el de Getafe y muchos menos se atrincheraron con escopetas de caza en los Ayuntamientos de sus pueblos.

Una sociedad recién salida de un franquismo, que se cuidó de recordar la Guerra Civil como amenaza perpetua sobre un pueblo nunca preparado para vivir en democracia.  Una sociedad balbuceante ante un futuro democrático. No éramos Europa, ni tan siquiera OTAN y nadie se fiaba del ruido de sables azuzado por un franquismo aún poderoso que se había permitido asesinatos como el de Atocha y enquistado en muchos poderes del Estado. Con una derecha descompuesta que abandonaba a su suerte a Suárez, fueron muchos los astros erráticos que quedaron alineados para preparar el asalto a la incipiente democracia.

No les salió bien, pero nadie tuvo todas consigo aquella noche y al calor de la radio, los más en las casas, y algunos en las plazas esperamos para ver de qué cara caía la moneda.

Muchos aprendimos que nada es para siempre, que hay que defender siempre lo conseguido y que, aún así, puedes perderlo en un instante, en una mala noche de invierno, si todo se conjura en tu contra.

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