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Entró la piqueta a funcionar y con ella fue aparejado el espectáculo. Los grandes teatros crecían a medida que aparecían los nuevos edificios. "La Gran Vía nace como una expansión urbanística. Poco a poco, gobernantes y empresarios se dan cuenta que debía aglutinar la actividad económica y social de la ciudad. Desde entonces se convierte en el escaparate, en la marca cultural de Madrid", explica Antonio Castro, cronista de la Villa. Está preparando un libro titulado 'La Gran Vía y el espectáculo'.
En los primeros años, reina el teatro en esta calle. En 1911 aparece el cine-teatro Gran Vía, frente al actual cine Capitol, y en 1924 el lujoso teatro Fontalba (posterior teatro Popular), donde "reinó" Carmen Ruiz de Moragas. Sin embargo, los empresarios del ocio entendieron que la Gran Vía estaba reservada a un nuevo arte. "Ha sido una calle más cinematográfica que teatral. La aparición del cine sonoro hace que la mayor parte de los teatros se transformen en cines apenas un año después de abrirse. Otros nacieron ya como tal", continúa Castro. Callao, Palacio de la Prensa, Capitol, Coliseum, Lope de Vega, Pompeya, Rex, Madrid-París (Imperial), Velussia (posterior Azul)... Una extensa lista de nombres que situaron la quintaesencia de la modernidad en una calle en pleno proceso de crecimiento.
Carencias materiales
El franquismo impuso la censura física, moral y social a la calle y sus espectáculos. Humor blanco y decencia, era el salvoconducto para el consumo del ocio de "vanguardia" que ofrecía la Gran Vía, esa arteria del estreno que no estaba al alcance de muchos. A lo largo del tiempo varió la incidencia germanófila por la de Hollywood, mientras se desarrollaba el cine español nacionalcatólico (edulcorado pero muy apreciado por su cierto realismo social).
La desaparición de la censura motivó una reacción cultural que se templó con el tiempo. "La sociedad necesitaba sentir que quebrantaba lo prohibido. Hubo muchos creadores, desde buenos (Alberti, Arrabal...) a horribles, pero donde se notó una recuperación en el terreno cultural. Tras un primer sarampión, la cosa se tranquilizó y comenzaron a desarrollarse, cada vez, espectáculos de mejor calidad. Pronto surgió la Movida madrileña en un entorno mucho más 'underground'. Sin embargo, en cuanto tuvieron la oportunidad saltaron al estrellato en la Gran Vía. Es el caso de Pedro Almodóvar, que colapsó la calle en el estreno de sus primeros filmes importantes", prosigue.
El rescate de los musicales
Tuvieron que ser los empresarios los que arriesgasen enormes sumas de dinero para revitalizar la zona. Un nombre propio destaca sobre el resto. Luis Ramírez llevó al teatro Lope de Vega 'El hombre de la Mancha', en 1998. Era el regreso grandilocuente del espectáculo en directo, del más difícil todavía. Esa era la nueva fuente de la vida cultural de la Gran Vía. Desde entonces, ha sido éste modelo de espectáculo el efecto llamada. Tras él llegaron 'La Bella y la Bestia', 'My fair lady', 'Cats', 'Mamma Mía!'... Y con ellos la recuperación de espacios como el Coliseum, el teatro Gran Vía o el Rialto. En los últimos años, también se ha apostado por la música. La Fundación Caja Madrid está recuperando el Palacio de la Música para crear una sala de conciertos de clásica, idea original del proyecto.
Para Castro, "la Gran Vía nunca ha sido el Broadway madrileño. Ambas calles tienen orígenes y desarrollos distintos. Esta calle se convirtió en el referente del desarrollo económico, social y cultural de Madrid. Fue un espacio de lujo, abierto a una cultura masiva. El centro del universo al que acudían desde toda España para conocer lo más novedoso y que ha sabido transformarse con el tiempo".




































