Asunción Balaguer ha cumplido 84 años en el escenario del teatro Marquina donde representa “El pisito”. Asunción es un monumento del teatro al que cualquier aficionado debería correr a admirar.
Cuando ya era una primera actriz gracias, sobre todo, a Tamayo y a su compañía Lope de Vega, conoció a un joven y prometedor actor: Francisco Rabal. Se enamoraron y se casaron. La estrella de Paco fue brillando cada vez más mientras que su esposa se eclipsaba cuidando de la familia. Cuando los hijos se hicieron mayores, Asunción volvió poco a poco al mundo del espectáculo. Apareció en teatro en “El sombrero de copa” y “El Barón”, hizo alguna serie de televisión y papeles de reparto en el cine. Pero la personalidad de Rabal era tan arrolladora que mantenía en un segundo plano a su esposa.
Hoy, en una etapa de su vida sin el compañero de tantos años, Asunción Balaguer vuelve a tener por derecho propio un lugar relevante en los carteles. Su presencia en cualquier producción es un lujo. Y ella se entrega a cada trabajo como si fuera el primero y de él dependiera su futura carrera.
La suya es una forma de actuar que va desapareciendo. Prima, sobre todo, la naturalidad, hacer creíble cualquier personaje sin estridencias. Asunción, como Carrillo, Ponte, Asquerino o Berta Riaza, hace suyo el papel, se convierte durante dos horas en el personaje y después lo deja en el camerino.
En “El pisito” es doña Martina, una anciana virginal con la que se quiere casar el protagonista –espléndido Pepe Viyuela- para heredar la vivienda. Y la anciana, tras el susto e indignación iniciales, acepta halagada la propuesta. Nuestra actriz es foco de atención en cada aparición escénica. Su transición de la rabia hacia la ilusión de novia enamorada es ejemplar. Y sin trucos. Jóvenes actores debería asistir a la representación para aprender cómo se hace un mutis. Asunción tiene tres auténticamente excepcionales en la función. Sale de escena arrastrando las miradas del público. Y no necesita para ello ni gritos ni gestos ampulosos. Entra y sale del escenario como quien pasa en su casa del salón al dormitorio.
La actriz también es consciente de lo que es capaz de hacer y de lo que no. Conversando no hace mucho con ella, me confesaba que se veía incapaz de encarnar a la Celestina. Según su teoría, ella no puede dar credibilidad a un personaje con tantas dobleces y perversidad. Hace bien así, en aceptar proyectos en los que pueda sentirse plenamente segura.
Nuestra nómina de grandes actores del siglo XX es cada vez más reducida. Un joven periodista y dramaturgo me contó, tras la muerte de Mary Carrillo, que no la había visto nunca porque las últimas veces que apareció en escena, le parecía que era un teatro viejo y sin interés. Obviamente, está arrepentido.
Que no le pase a ningún buen aficionado al teatro una cosa así. Cuando hay un “monstruo” en un escenario debe ir a verlo. Por placer, por emoción, por homenajear una larga trayectoria. No se pierdan la doña Martina de Asunción Balaguer.
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