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Se les nota en la cara. Cada golpe es un reto; cuando logran superarlo, ríen, saltan, se emocionan. "La gran diferencia entre un discapacitado y alguien que no lo es radica en que ellos valoran mucho más todo lo que hacen", dice María de la Rocha, presidenta de la asociación. "Meter una pelota en la pista es una fiesta para ellos, pero también para los monitores; cuando ellos lo intentan, lo intentamos todos", explica.
En aquel entonces, cuando arrancó la asociación, no existía el pádel para discapacitados en España. Hoy, Pádel para Todos cuenta con tres escuelas en Madrid: dos, la infantil y la de adultos, en el polideportivo de Valdebernardo, y otra en Majadahonda. Las primeras fueron posibles gracias a un acuerdo con la Junta Municipal de ese distrito, que además adaptó dos pistas del polideportivo para que pudieran ser utilizadas por discapacitados. Fundación Meridional subvenciona la escuela de adultos y Fundación Barclays, la infantil. La tercera escuela, la de Majadahonda, nació tras la cesión de unas pistas en una urbanización. A pesar de que esta última todavía carece de financiación, ya está en marcha. Entre las tres suman alrededor de cincuenta alumnos.
Bea, Clara, Felipe, Pilar... Todos atienden a los monitores. "Hay gente que me pregunta cuál es la diferencia entre los discapacitados y el resto de las personas, y es que ellos son inmensamente responsables y obedientes. No son nada conflictivos; tienen ganas de hacer todo y lo intentan, y tienen un amor propio y un orgullo fuera de lo normal. Son competitivos dentro de una competitividad sana", apunta De la Rocha. "Pueden estar ganando, que si se tienen que volver para coger al otro, lo van a hacer. Se ayudan entre ellos, se animan entre ellos; esto no es un deporte, es una terapia", comenta.




































