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'Tibu' representó a una lista interminable de artistas españoles de renombre
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'Tibu' representó a una lista interminable de artistas españoles de renombre (Foto: Domingo J. Casas)

‘Tibu’, el mánager que pasó de la gloria a la cárcel por una querella de El Canto del Loco

Por Alejandra Suárez
miércoles 28 de septiembre de 2022, 07:48h

Según la mitología griega, el rey Midas tenía el poder de convertir en oro todo lo que tocaba. Durante cerca de dos décadas, él fue el rey Midas de la música española. Carlos Vázquez, ‘Tibu’ (Madrid, 63 años), se convirtió en uno de los mánagers más poderosos de los 90 y los 2000. Pero, en 2015, dejó a un lado la farándula y la vida de lujo de los artistas a los que representaba para afrontar su capítulo más negro; una querella presentada por El Canto del Loco lo mandó a prisión durante un año y ocho meses, condenado por deslealtad societaria y apropiación indebida de 220.000 euros. De allí salió en agosto de 2016, gracias a la ayuda de uno de sus compañeros en Soto del Real, el empresario Mario Conde, quien trabajó su recurso y obtuvo el tercer grado. Aunque su vuelta a la industria no ha sido sencilla y ha tenido que enfrentarse al estigma social, ahora tiene varios proyectos de los que aún no puede dar muchos detalles. De lo que sí puede hablar es de sus dos obras, ‘Memorias de un manager’ y ‘No se requiere corbata’, que presenta hoy a las 19:00 horas en la Casa del Libro.

En ‘Memorias de un manager’, hace un repaso de su vida profesional. Cuenta la “cara b” de los artistas, sus nubes y claros y sus experiencias con ellos, para “humanizarlos y bajarlos del pedestal”. Es algo así como su “pequeño diario”, y al público parece gustarle: se han vendido más de 18.000 copias y se ha publicado en México y Argentina. Esto llevó a la editorial Malpaso a pedirle un segundo libro, ‘No se requiere corbata’, en el que habla de sus orígenes en la música.

“Comer todos los días en el mejor restaurante y que no te duela la cartera, te hace perder la perspectiva”

El madrileño representó a una lista interminable de grupos españoles de renombre: El Canto del Loco, Hombres G, José Mercé, Miguel Ríos, Luis Eduardo Aute, Mägo de Oz, Javier Gurruchaga o Las Ketchup. Cada mañana, lo primero que hacía era ponerse el “disfraz” de ‘Tibu’: un tipo exento de humildad, “bastante tonto y engreído” -creía que lo exigía su cargo-. De hecho, siempre pensó que los mánagers eran la “cara oscura” de la industria musical. “Poder comer todos los días en el mejor restaurante de Madrid y que no te duela la cartera, te hace perder la perspectiva”, sostiene. Fueron estas situaciones de lujo las que hicieron que, en alguna ocasión, se le “fuera la olla”. Tiempo después, comprendió que la vida “no es solo ganar dinero”.

Durante años, tuvo “momentos económicos álgidos” en un sector que considera una “montaña rusa”. Pasaba de viajar en furgoneta con Javier Álvarez como si fuesen una “comuna hippie”, a subirse con Julio Iglesias a un Mercedes “enorme” con traje y corbata. Por la noche, cuando regresaba a su casa, aparecía de nuevo Carlos Vázquez, “una persona normal”. Y es que se autodefine como un chico de barrio al que la fortuna le tocó “en forma de Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si”.

'Tibu' trabajó con Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez. Foto: Cedida por Carlos Vázquez

Un chico de barrio

Carlos Vázquez nació en Carabanchel. Aunque era un niño de barrio con un futuro “más o menos previsible en la delincuencia juvenil”, la música irrumpió con fuerza en su vida. Pese a que tenía claro que quería dedicarse a esto, no lo tuvo fácil. Su padre, arquitecto y político durante la dictadura franquista, tenía otros planes para él: quería que fuera abogado. Pero su hijo había nacido para vivir entre acordes.

Tuvo que echarle “mucha caradura”. En el tablón de anuncios de una tienda de instrumentos de Madrid vio que buscaban un bajista. Tenía apenas 14 años y, a partir de ahí, empezó a “buscarse la vida”. Sus padres “alucinaban” al ver cómo había pasado a ganar 600 pesetas por actuación.

Tocó con artistas como Ramoncín, la Orquesta Mondragón o Luz Casal

Tras completar los estudios superiores de música en el conservatorio y especializarse en el bajo, tocó con artistas como Ramoncín, la Orquesta Mondragón, Luz Casal o Los Escorpiones. También fue director de orquesta; “Fue increíble, aprendes el respeto por la profesión, a merecerte un camerino, los aplausos…”, afirma.

Pero no solo le apasionaba la música. Por su afición por las motos, pasó a ser piloto semiprofesional. Un periodista deportivo comparó su forma de correr con un “tiburón” y, por esta “tontería”, adoptó el apodo de ‘Tibu’. Además, durante dos años, “cansado de aguantar a artistas”, participó como especialista en diversas películas: ‘Perros callejeros’, ‘Yo, el Vaquilla’, ‘Navajeros’, etc.

Mánager por casualidad

Fue la “casualidad” la que le hizo adentrarse en el management. Seguía siendo músico pero, en 1991, descubrió y produjo el primer disco de la banda de rock La Guardia. “No se fiaban mucho de los mánagers y me lo propusieron ellos”, declara. Lo que iba a ser una breve experiencia hasta que apareciera un mánager profesional, se prolongó ocho años. No se esperaba el “pelotazo” que dio el grupo en poco tiempo. Tuvo que aprender a toda prisa en qué consistía el oficio. De un día para otro, pasó de tocar el bajo a gestionar giras, reservar hoteles, furgonetas…

Tanto le gustó la experiencia, que continuó su carrera musical como mánager. Comenzó así una fructífera trayectoria en la que eran los artistas los que se ponían en contacto con él. “Ya estaba decidido y monté una oficina más grande”, manifiesta. En Madrid, llegó a tener 28 personas fijas, más cerca de 200 externas, y abrió una delegación en México.

El único talento que se le puede atribuir, a su juicio, es la perseverancia y ser un “animal del trabajo”. Le apasiona lo que hace y dedicarle todo su tiempo. “Evidentemente, si disparas muchas balas, alguna da en la diana”, asegura. Y, las que fallan, le han hecho “aprender” para afinar su puntería. De esta forma, logró consolidarse en una industria compleja que considera “caprichosa” y que "no perdona" los errores.

'Tibu', con Carlos Jean y Marta Sánchez. Foto: Cedida por Carlos Vázquez

La experiencia que le cambió la vida

Recuerda con nitidez lo que sintió antes, durante y después de esa fecha. El 25 de enero de 2015, ‘Tibu’ ingresó en la prisión de Soto del Real. Si pudiera retroceder en el tiempo, pediría que se le firmara un recibí de todo lo que hacía para “guardarse las espaldas” y evitar la “fragilidad de la memoria”, aunque habría hecho “absolutamente lo mismo”.

Primero tuvo que afrontar un periodo de negación y oposición. De ahí pasó a la aceptación. Y a esto le siguió la última fase del proceso: la adaptación. Por el camino, vivió momentos “negrísimos” de llanto, lamentos y dudas. Cree que su paso por La Legión le ayudó y le enseñó a “estar de pie”. “O te adaptas, o lo pasas realmente mal”, declara. ‘Tibu’ consiguió adaptarse a un mundo repleto de normas internas en el que no estuvo “del todo mal”. Instituciones Penitenciaria llegó a hacerle un contrato como encargado general del módulo 10, por el que cobraba 73 euros al mes.

“La salida de prisión es mucho más dura que la entrada”

“La salida es mucho más dura que la entrada”, lamenta. Cuando salió, se dio de bruces con lo más complejo: la adaptación, esta vez, a su antigua vida. Su caso fue muy mediatizado y esto generó un juicio popular que fue “muy cruel”. Se marchó de prisión lleno de ideas y proyectos, pero una sociedad “impía” se encargó de señalarlo y le obligó a “pasarse el día justificándose”. Pese a que su reputación como mánager quedó dañada, con el tiempo, ha pasado a ser un “señor respetable” para la industria, aunque “solo sea por la experiencia”.

‘Tibu’ supo sacar un aprendizaje positivo de esta experiencia. Su situación personal ha cambiado a “mejor”. Dejó a un lado el lujo, pero no lo echa de menos. “Ya tuve un Porsche, ya lo probé y me da igual no tenerlo ahora”, dice. Cuando estuvo en el “rancho carcelero”, comprar una Coca Cola en el economato era un privilegio, por lo que aprecia “más que nunca” poder fumar diez cigarrillos al día. La vida le ha enseñado su cara b, de la que prefiere ver el lado amable. Consciente de que la felicidad son momentos, afirma estar feliz porque la música aún le saca una sonrisa.

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