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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Veintiún gramos de tragedia
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(Foto: Desconocido)

Veintiún gramos de tragedia

martes 30 de diciembre de 2025, 07:00h
Actualizado: 30/12/2025 08:39h

El 30 de diciembre de 1879, Madrid fue escenario de un intento de regicidio que, aunque fallido, dejó un eco conmovedor en la historia de la ciudad. El autor del atentado fue Francisco Otero González, un joven pastelero gallego de 19 años que había llegado a la capital con la esperanza de construir una vida estable y que terminó atrapado por la ruina económica y la desesperación. Su figura, marcada por la precariedad y por un derrumbe emocional progresivo, contrasta con la solemnidad del escenario en el que decidió actuar: la puerta del Príncipe del Palacio Real.

Otero se había instalado meses antes en el corazón del Madrid del XIX, donde abrió una pequeña pastelería en el número 2 de la calle de Milaneses, una zona estratégica a un paso de la Plaza Mayor. Su proyecto apenas resistió unas semanas. Sin clientes suficientes y cargado con deudas, terminó llevándose el dinero disponible en la caja el 3 de diciembre, gesto que marcó el final de su negocio y del apoyo económico que le había proporcionado un familiar. A partir de ese momento, su vida se desmoronó rápidamente. Vagó durante días por tabernas y cafés de dudosa reputación como El Habanero o El Café del Gato, lugares frecuentados por clases populares y donde expresó en voz alta sus intenciones suicidas. Allí, según las crónicas de la época, surgió la insinuación —entre burla y desafío— de dirigir su desesperación contra el rey.

La idea cuajó en un muchacho emocionalmente agotado. Otero adquirió un arma, practicó con ella en la pradera del antiguo Canal —donde llegó a herir a una mula, lo que le valió una denuncia— y dejó de presentarse a las citaciones judiciales. El 30 de diciembre, alrededor de las cinco de la tarde, se situó entre la garita del centinela y el muro del Palacio Real, un punto estrecho y silencioso por el que el carruaje de Alfonso XII debía pasar a su regreso del Retiro. Allí esperó.


El pastelero empuñaba un revólver Lefaucheux de dos cañones, cargado con balas de doce adarmes, proyectiles de aproximadamente 21 gramos, pesados y letales a corta distancia. Cuando el faetón real se acercó, Otero levantó el arma y disparó dos veces. Ninguna de las balas alcanzó de lleno a los monarcas, aunque una rozó ligeramente a la reina María Cristina y otra quemó el cabello de un cochero. El sobresalto produjo un movimiento inmediato de los guardias, que redujeron al joven pastelero cuando intentaba huir hacia la calle Bailén. Los rumores de conspiración se desinflaron pronto: Otero había actuado completamente solo.

El juicio se resolvió con rapidez. Aunque el propio Alfonso XII solicitó clemencia, la petición fue desestimada. Francisco Otero fue ejecutado en el Campo de Guardias de Chamberí el 14 de abril de 1880, el día que cumplió veinte años y un mes. Su muerte cerró una historia marcada no por la militancia política ni por la planificación ideológica, sino por el derrumbe vital de un joven que no encontró salida.

Hoy, el local de Milaneses donde Otero intentó construir un futuro ya no conserva rastro alguno de la pastelería que abrió durante apenas un mes. En esa corta calle del Barrio de los Austrias sobreviven comercios orientados al turismo, a pocos pasos del Mercado de San Miguel y la Plaza Mayor. Nada recuerda al joven que mezcló harina y pólvora en la misma biografía, ni al muchacho que llegó a Madrid buscando una oportunidad y terminó protagonizando uno de los episodios más trágicos y humanos de la Restauración.

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