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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Goya, en la galería de las Colecciones Reales
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Goya, en la galería de las Colecciones Reales (Foto: Antonio Castro)

La cúpula inmortal de Goya

sábado 20 de diciembre de 2025, 07:00h
Actualizado: 20/12/2025 07:33h

En el corazón de Madrid, junto al río Manzanares, se alza una ermita que guarda uno de los tesoros más audaces del arte español: la cúpula pintada por Francisco de Goya en 1798. La ermita de San Antonio de la Florida, construida por orden de Carlos IV, fue concebida para honrar al santo portugués, pero terminó convirtiéndose en un manifiesto pictórico que rompió moldes.

El rey fijó el tema: el milagro de San Antonio de Padua, cuando el santo resucita a un hombre para demostrar la inocencia de su padre. Sin embargo, dejó en manos de Goya la composición y el estilo. Esa libertad fue decisiva. El pintor, ya sordo y con una personalidad marcada por la lucidez y la obstinación, transformó la escena en un espectáculo popular. El milagro ocurre en una plaza madrileña, rodeada de barandillas y curiosos asomados, como si fuera un evento callejero. Los ángeles no son figuras idealizadas: tienen rostros reales, gestos pícaros y miradas vivas. Incluso la perspectiva, con la barandilla fingida que parece sobresalir, crea un efecto teatral que desafía la tradición.

Goya trabajó con rapidez: en apenas cuatro meses completó la cúpula, los arcos y los lunetos, pintando desde un andamio, inclinado hacia atrás, luchando contra el vértigo y la sordera. Cada pincelada es un pulso entre el genio y el tiempo. Los colores vibrantes, las luces cálidas y las pinceladas sueltas transmiten movimiento y vida. Es un Madrid suspendido en el cielo, donde lo divino y lo popular se abrazan.

La ermita guarda otro secreto: los restos de Goya descansan aquí, pero sin cabeza. Cuando su cuerpo fue trasladado desde Burdeos en 1919, se descubrió que el cráneo había desaparecido. Todo apunta a la fiebre frenológica del siglo XIX, aquella pseudociencia que estudiaba el carácter a través del cráneo. Nunca apareció. Hoy, el pintor reposa incompleto, y ese misterio añade un halo inquietante a este lugar convertido en museo nacional.

En 1798, Goya firmó su nombre en el cielo de Madrid. No con palabras, sino con luz y movimiento. Levanta la vista en San Antonio de la Florida: ahí está el genio, suspendido para siempre.

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