Madrid, 8 de octubre de 1844. Ese día se aprobó el proyecto definitivo de la Plaza de Oriente, un espacio que transformó el corazón monumental de la ciudad. Frente al Palacio Real, la Villa se redibujó con simetría, jardines y estatuas que aún hoy nos observan.
La historia de esta plaza comienza mucho antes. Fue José Bonaparte, el hermano de Napoleón, quien soñó con abrir Madrid hacia el oeste. Lo llamaban “Pepe Botella”, aunque no bebía más que cualquier otro monarca, y “Pepe Plazuelas” por su obsesión con derribar conventos y abrir espacios públicos. Quería convertir Madrid en una ciudad de plazas, como París. La de Oriente fue una de sus grandes ideas, aunque no vivió para verla realizada. En 1813 huyó cargado de obras de arte y tapices, dejando tras de sí un proyecto inconcluso.
La plaza tal como la conocemos se materializó bajo Isabel II, con el arquitecto Narciso Pascual y Colomer. Las estatuas de reyes godos se alinearon como centinelas de piedra, los jardines se trazaron con precisión geométrica y los bancos se llenaron de tertulias, meriendas y primeras citas. Era el nuevo salón urbano de Madrid.
En su centro se alza una maravilla técnica: la estatua ecuestre de Felipe IV, obra de Pietro Tacca en el siglo XVII, basada en un diseño de Velázquez y cálculos de Galileo Galilei. Es la primera estatua ecuestre del mundo sostenida solo por las patas traseras del caballo. Galileo calculó el centro de gravedad y ordenó que la parte delantera fuera hueca y la trasera maciza. Más de ocho toneladas de bronce equilibradas con precisión matemática, desafiando la gravedad.
Con el tiempo, la Plaza de Oriente siguió evolucionando. En 1941 se rediseñaron los jardines en forma de cuadrícula. En los años 90, bajo el mandato de Álvarez del Manzano, se enterró la calle de Bailén para unir visualmente la plaza con el Palacio Real, se construyó un aparcamiento subterráneo y se peatonalizó el entorno del Teatro Real. Hoy, la plaza es un lugar de encuentro, cultura y paseo, donde cada paso recuerda la visión de un rey extranjero y la voluntad de una reina española.
Las estatuas nos miran con siglos en los ojos, y el caballo de Felipe IV se alza, imposible y eterno, sobre el aire de Madrid.
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