Madrid, 9 de octubre de 1734. Ese día fallecía Martín Martínez, uno de los pensadores más singulares del siglo XVIII español. Médico del Hospital General, anatomista, filósofo y escéptico ilustrado, su bisturí cortó más allá del cuerpo: diseccionó ideas, dogmas y supersticiones en una ciudad que empezaba a abrirse a la razón.
Martín Martínez nació en Madrid en 1684. Fue médico de cámara de Felipe V, profesor de anatomía y examinador del Protomedicato, la institución que regulaba el ejercicio de la medicina en España. También presidió la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla. Pero más allá de los cargos, fue lo que en su tiempo se llamaba un novator, un reformador que introdujo en España el pensamiento de Galileo, Descartes y Newton, defendiendo la observación empírica frente a la tradición escolástica.
En su obra Medicina escéptica y cirugía moderna, abogó por una práctica basada en la experiencia clínica, no en los textos antiguos. Su Anatomía completa del hombre ilustró el cuerpo humano con precisión y se convirtió en libro de referencia durante décadas. Pero su inquietud iba más allá de la medicina: en Filosofía escéptica, puso a dialogar cuatro voces —aristotélica, cartesiana, gassendista y escéptica— en un salón imaginario, abriendo el debate sobre la verdad y la duda.
Martín Martínez también dejó curiosidades que revelan su espíritu crítico. En 1723 escribió un tratado titulado Discurso físico sobre si las víboras deben reputarse por carne o pescado, donde cuestionaba si comer serpiente violaba la abstinencia religiosa. En otro texto documentó el caso de un niño con el corazón desplazado, reflexionando sobre la circulación sanguínea en tiempos en que Europa aún debatía estos conceptos.
Defendió el uso del castellano en la terminología médica frente a los galicismos, adaptó técnicas quirúrgicas francesas al contexto español y buscó modernizar la cirugía sin perder identidad. Su legado es una anatomía del saber: ciencia, lenguaje y pensamiento crítico en la Villa del siglo XVIII.
Murió en Madrid un 9 de octubre, dejando tras de sí una ciudad que aprendió a pensar con él. Porque en Madrid, también se diseccionaban ideas.
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