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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

una violinista toca en la calle Alcala
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una violinista toca en la calle Alcala (Foto: Juan Luis Jáen)

Alcalá: el desafío vertical

lunes 15 de diciembre de 2025, 07:00h
Actualizado: 15/12/2025 07:36h

Antes de que Madrid soñara con rascacielos, alguien imaginó una máquina para vencer las escaleras. No era un invento cualquiera: era una declaración de guerra a la rutina, un desafío a la gravedad. Y todo empezó en el número 5 de la calle Alcalá, cuando unas manos manchadas de tinta firmaron el primer proyecto para instalar un ascensor en España.

La elección del lugar no fue casual. Alcalá era la arteria elegante de Madrid, la calle que marcaba tendencia. El propietario del edificio, Valentín Morales, quería que su inmueble de cuatro plantas se convirtiera en escaparate de modernidad. El contrato fijaba un coste de 2.500 duros y una penalización de 50 pesetas por cada día de retraso si la obra no estaba lista para el 15 de marzo de 1878. El plazo era exigente: apenas tres meses para completar la instalación.

El ascensor que nació de aquel proyecto era una pieza única para su tiempo. Una cabina cerrada, con estructura metálica y acabados en madera pulida, diseñada para transportar personas. Hasta entonces, los ascensores eran simples montacargas para mercancías. Este aparato prometía comodidad y prestigio. Su sistema era hidráulico: un pistón empujaba la cabina hacia arriba con la fuerza del agua, y al vaciarse, la dejaba descender suavemente hacia el desagüe. Incorporaba un freno manual de seguridad inspirado en el modelo de Elisha Otis, el pionero estadounidense que había revolucionado Nueva York. La velocidad era modesta —unos diez metros por minuto— y la capacidad, para seis personas. En su interior, palancas y engranajes daban al viajero la sensación de estar dentro de una máquina viva.

Antes de abrirlo al público, se realizaron pruebas de carga y resistencia, comprobando la eficacia del freno y la estanqueidad del sistema hidráulico. Solo entonces se permitió el acceso. Y cuando se inauguró, la ciudad se volcó en la novedad: hubo vecinos que acudieron solo para subir y bajar, sin otro propósito que probar la sensación de elevarse sin esfuerzo. Aquella cabina se convirtió en atracción, como si fuera un espectáculo mecánico.

El ascensor y el edificio no sobrevivieron a la Guerra Civil, pero la idea quedó. Tanto que, en 1903, el Palacio Real incorporó tres ascensores bautizados como Carlos III, Rey y Damas. Aquellos aparatos no eran simples máquinas: eran símbolos de modernidad en el corazón de la monarquía. Uno de ellos, tras varias reformas, sigue conservando su aspecto original más de un siglo después. Con ellos, la verticalidad dejó de ser privilegio de la imaginación y se convirtió en parte del protocolo real.

Desde entonces, Madrid aprendió a subir. Y con el tiempo, la ciudad se llenó de hoteles con vistas, edificios que dibujan el cielo urbano y torres que parecen desafiar las nubes.

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