Juan Valera publicó Pepita Jiménez, su primera novela, en 1874, cuando tenía ya cincuenta años y una dilatada carrera diplomática. El éxito le acompaño y hoy es una de las novelas más importantes del siglo XIX. El amor desmedido de Pepita Jiménez hacia el seminarista Luis de Vargas, llamó muy pronto la atención de otros creadores, como el compositor Isaac Albéniz quien, en 1896, compuso la primera ópera sobre la historia de Valera, que todavía vivía. El libreto estaba en inglés y con su traducción al italiano, pudo estrenarse en el Liceo barcelonés. Albéniz volvió en varias ocasiones a revisar su primera partitura y contó con otros libretos. En las primeras décadas del siglo XX se representó en Bruselas, París y, nuevamente, en Barcelona.
Hasta 1964 no se estrenaría en Madrid, en el contexto del primer festival de ópera con sede en la Zarzuela, con Pilar Lorengar y Alfredo Kraus. Pero entonces se hizo con una versión del libro y de la partitura revisada por Pablo Sorozábal por encargo de Lola Rodríguez de Aragón y José Tamayo. En el añ0 2013 volvió a la cartelera, a teatros del Canal, en coproducción con Argentina, con un montaje distinto. Y esta es la versión que se estrena en el mismo escenario de hace sesenta años.
Ahora Pepita Jiménez aterriza en el teatro de la Zarzuela con una nueva producción que dirige escénicamente el veterano Giancarlo del Mónaco, que, en los últimos años, ha firmado en este teatro La tempranica y Las golondrinas.
Pepita Jiménez fue llevada al cine en tres ocasiones y, en 1978, llegó por capítulos a TVE. En 1929, Cipriano Rivas Cherif, con el consentimiento de Carmen Valera, realizó una adaptación para el teatro, que protagonizó una jovencísima Carmen Carbonell.
Este espectáculo solo dura setenta y cinco minutos y se representa sin interrupción. De las más de trescientas páginas de la novela, se ha sacado solamente un resumen de la historia pasional. Así, personajes como don Pedro, padre del seminarista, o el Conde de Genazahar, quedan totalmente desdibujados, son anecdóticos en esta versión de la historia. El director de escena parece haberse volcado en el tercer acto, en el que Pepita, desesperada, intenta la seducción de Luis, quien pide la ayuda divina para resistir la tentación. Es una escena larguísima con una interpretación actoral y vocal de gran verismo.
Toda la acción se desarrolla en una monumental escenografía giratoria (firmada por Daniel Bianco) sin que sepamos dilucidar qué representa realmente. En apariencia es una enorme corrala metálica a cuyas balaustradas se asoman los protagonistas y el coro. Todos observan las idas y venidas de Pepita, aplastadas por la envergadura del decorado.
La dureza de las arias hace que en esta temporada tres sopranos se repartan el papel protagonista. En el ensayo general vimos a Ángeles Blancas, hija de la gran Ángeles Gulín y del barítono Antonio Blancas. Asistí a su debut en la Zarzuela, el año 1994 como la Reina de la Noche, de La flauta mágica, haciendo un apabullante derroche de coloratura. Su madre había debutado con el mismo rol. Ahora es una soprano dramática que se enfrenta habitualmente a producciones líricas poco convencionales. Las otras dos sopranos son Carmen Romeu y Maite Alberola. Como el atribulado seminarista se alternarán los tenores Leonardo Caimi (debutante en la Zarzuela) y Antoni Lliteres. Completan el reparto Ana Ibarra, Cristina Faus, Rubén Amoretti, Rodrigo Esteves y Pablo López.
El coro solo tiene una breve intervención en el segundo acto cantando un hermoso villancico.
Nuevamente se suscitará la polémica de si es una ópera o una zarzuela. Personalmente pienso que es una ópera por la envergadura de la partitura -formidable la orquesta dirigida por Guillermo García Calvo- y por la complejidad de las arias que cantan los protagonistas. Y no hay partes habladas. En cualquier caso, es una recuperación muy interesante, aunque desconcertará a los que buscan mantones de Manila, majos y chulapas.
Pepita Jiménez se va a representar, con 14 funciones hasta el 19 de octubre.