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Circunstancias adversas

viernes 24 de abril de 2020, 10:44h

Las circunstancias nos son ajenas, lo que está en nuestras manos, es cómo conducirnos en ellas.

Estos malos tiempos nos propician la oportunidad de ponernos a prueba, afrontando el futuro como un grandísimo reto a construir, nos es desconocido, imprevisible, atemoriza, pero es innegable que abre una ventana de oportunidad.

Winston Churchill nos aleccionó: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.

En este mundo de cristal, en el que reina la incertidumbre sobre el futuro, estamos viviendo un experimento natural, donde miles de millones de personas desde la percepción de riesgo y el malestar afectivo, sufrimos una prueba de estrés.

Habitamos una distopía, donde la pulsión de muerte y el instinto de supervivencia conviven. Campo para el psicoanálisis y para la autopsia forense de una sociedad del bienestar con pies de barro.

Auscultamos los anhelos de la humanidad, la soledad inquietante del individuo, la subjetividad pulsional.

Desde el desapasionamiento notarial, damos fe de una mutación social que desde el surrealismo y la metapredicción augura un desastre casi apocalíptico.

Una realidad convertida en espejismo que da pábulo al pensamiento mágico.

No imaginamos más que en ciencia ficción, lo que es no un futuro, sino un presente real, un presente convertido en un espejo roto en mil pedazos.

Habremos de estudiar el efecto sobre las psiques, sobre la inocencia de la humanidad. La psicohistoria analizará un futuro que no será como lo imaginamos y un pasado que recordaremos distinto a como fue.

Sí, estudiar las pulsiones defensivas, las sutilezas individuales, los comportamientos grupales. Confrontar culpabilidades por haber sufrido; confirmar si se asienta el pujante negocio de las mascotas; admirar el frenesí exploratorio de otros planetas; observar como se busca domesticar la tecnología para que proteja y supervise a las personas sin dañarlas y salvaguardando su intimidad, dignidad y libertad.

Este es momento para pensar lo impensable, para la ruptura conceptual desde el extrañamiento cognitivo. Todo va variando, pero sin cambiar radicalmente, pues el ser humano es predecible, siendo que esta previsibilidad es la que permite la existencia de la inabarcable ciencia llamada psicología.

Desde el terreno creativo podemos intentar una ruptura conceptual, pero sabiendo que desde la naturaleza humana nunca nos libraremos de nuestros miedos, en un mundo que empieza a parecernos absurdo, que nos obliga a una elegía del planeta que ya y desde hace tiempo está en una unidad de cuidados intensivos, y que se pregunta si al final de este túnel habrá otros túneles.

Cuando atisbamos las herramientas de control social radicales cual confinamiento forzoso, distanciamiento entre personas, geolocalización, pasaportes de inmunidad…Quizás sea hora de viajar al espacio.

Hay que prepararse en lo posible, para el nuevo mundo, sabedores de que el día después será convulso, que precisaremos de reorientaciones profundas, confiemos en no caer en un vacío de poder, manteniendo en el mundo la paz social y la estabilidad política.

Veremos en el orden internacional o mayor cooperación global o por el contrario más nacionalismo y proteccionismo, por lo pronto no se observa liderazgo mundial.

Podemos imaginar escenarios, pensar en qué sucederá, conocedores de que no lo sabemos, y es que lo que nos acontece, nadie lo previó, sabiendo que era un acontecimiento que entraba dentro del espectro de lo posible. Y es que la “caída” del muro de Berlín o los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, no nos sirven de experiencia previa, tampoco la crisis financiera de 2008.

Poseemos un gran potencial para adaptarnos a los cambios de la vida, pero no tenemos garantía de si nos decantaremos por la cooperación o la competición.

Hasta que se descubra una vacuna que garantice el regreso a la normalidad, sobreviviremos desde una angustia colectiva, asumiendo lo vulnerables que somos, afrontando, aceptando, buscando entender, desde una sensación de extrañeza, aprendiendo a mantener nuestra vida aun a la distancia.

Seres dolientes que comprobamos cómo la muerte es la igualadora de las clases sociales. Desde las miradas recelosas nacidas de un miedo no necesariamente patológico, asistimos a la transformación digital.

Un buen momento para mirar hacia nuestro interior, valorar el estilo de apego, ampliar el ocio hogareño, cultivar la empatía, la palabra amable, el oído atento, el acto de cuidado. Valorando el poder de una sonrisa, la ternura de una caricia.

Quizás y durante un tiempo obsesionados por las pandemias, anticipando otra tan letal como el ébola y tan transmisible como el COVID-19. Recibiendo atención médica y psicológica online, teniendo que decidir en condiciones trágicas y llenas de incertidumbres.

Un hoy que pudiera ser un laboratorio de sentimientos e ideas, empujado a un incierto mañana donde se busquen chivos expiatorios, donde la desconexión entre población y Gobiernos, se acreciente.

Javier Urra

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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