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Rabia

lunes 20 de abril de 2020, 09:12h

Nuevo día, nueva semana... Seguimos con la cuenta adelante de esta cuenta atrás.

Y a veces es difícil mantener el ánimo, la actitud, la calma, el equilibrio... Queremos estar informados pero cada vez nos gustan menos las noticias. Cada comparecencia genera más incertidumbre, con más días de confinamiento y menos respuestas a nuestras preguntas. Y los sentimientos se agolpan, aunque no todos son buenos. Hay algunos que no habíamos sentido antes o al menos con esta intensidad. Y en esta situación salen y lo hacen con fuerza y en algunos casos prevalecen. Y uno de esos sentimientos que nacen de lo más hondo de nuestro ser y al que no le podemos poner razón es La Rabia.

Hoy mi pensamiento es para un amigo, al que el COVID 19 ha sido tan miserable que ha arrebatado la vida de su padre. Y lo ha puesto en esa lista de fallecidos con la que cada día abren los informativos y le ha asignado un número en las estadísticas, con el propósito de hacernos inmunes al dolor. Pero no, no es una cifra más en una lista cada día más numerosa. Era una persona y lo más importante, era un padre, un esposo, un abuelo, un tío, un amigo... Un referente en su profesión. Un hombre querido, admirado. Un hombre bueno. Un hombre de esa generación que se inventó y se reinventó para dejarnos un mundo mejor y sin embargo hoy, ese mundo muestra su cara más cruel, más dramática, ya que no nos permite ni acompañar en la enfermedad, ni velar en el duelo.

Y es en esta situación terriblemente cruel, cuando a la pena infinita se une LA RABIA. Esa que se multiplica Rabia de perder. Rabia porque no tocaba. Rabia por la situación. Rabia por dentro. Así es como me dice que se siente. Porque la pérdida siempre es dura, a perder nadie estamos preparados, la perdida siempre duele... ¡Pero perder así! Sin poder despedirte, sin tener el abrazo de los tuyos... Eso es inhumano, porque nadie debería ser privado de algo tan íntimo y tan necesario como el calor de una despedida.

Y por eso, no podemos permitir que nos deshumanicen. Detrás de los números hay personas. Nombres y apellidos, historias, familias... Amigos a los que no podemos abrazar, ni acompañar. Ni aunque esos amigos, sean como el mío, no sólo de los que son, sino de los que están siempre. De los que no tienes que decirles como te sientes para que te pregunten. De los que da igual dónde estés porque, aunque sea sólo para darte un achuchón, hace kilómetros. De los que tiene esa palabra de ánimo que necesitas. De los que en cada oportunidad te recuerda con cariño: Mi Esthercilla desde pequeña siempre con tu sonrisa, igual que ahora. De los que le sale el optimismo por todos los poros de su piel y esos te quierosque te alegran el día. Pero eso no cuenta, porque el virus no entiende de buenos o malos, entra en tu casa y se lleva lo que más quieres. Y además, para que sea más dramático, lo contabiliza como un número en una fría estadística que ni siquiera merece un crespón negro en nuestra bandera.

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un día en el que un virus asoló el mundo y arrebató vidas de personas buenas, sin importarle que no era su momento. Y de una manera despiadada nos privó de lo más nuestro, de lo más íntimo, de un adiós con el abrazo de los tuyos. Y a la tristeza sin consuelo sumó impotencia, frustración, Rabia. Y aunque no fue fácil aprendimos a gestionar, a sacar esa rabia, para que no se instalara en el alma. Porque entendimos que aferrarnos a ella sólo añadía más dolor. Y porque fuimos capaces de dar y recibir tanto cariño que nos hizo entender y sobre todo sentir que el AMOR, ese que no conocía el virus, era más fuerte que la rabia.

**Para Diego

Esther Ruiz

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