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Pide un deseo

jueves 23 de abril de 2020, 09:09h

¡Vamos! ¡Que ya tenemos otra semana casi pasada!

Pero la verdad es que esto cada vez se hace más largo, está siendo como una carrera de obstáculos. Y cuando empezamos, lo hicimos con toda nuestra energía, como si fueran sólo cien metros. Sin saber que el dorsal que nos había dado el COVID 19, era para correr una carrera de fondo con miles de kilómetros por delante. Tantos que somos incapaces de ver la meta. Y correr sin saber cuándo, ni dónde, ni cómo vamos a terminar es bastante frustrante, incluso a ratos descorazonador. Y ha llegado el momento en que lo único que pensamos es en llegar vivos a la meta y lo menos lesionados posible.

Y entre tantas horas y tantos días no queremos pensar mucho en el futuro, pero es inevitable hacerlo. Un futuro cada vez más incierto. Un futuro en el que cada día se nos cae un plan de los que teníamos hecho en nuestro pasado más cercano. Un futuro que nos genera ansiedad porque no sabemos cómo lo vamos a afrontar. Ni siquiera sabemos qué escenario nos vamos a encontrar. No sabemos qué va a ser de nosotros, de nuestra economía, de nuestros trabajos, de nuestros niños, de nuestros mayores, de nuestras costumbres... En definitiva, de nuestra vida.

Y es verdad, que el futuro siempre ha tenido algo de incierto, pero también es cierto que lo hemos imaginado con ilusión. Al hablar de futuro hablábamos de deseos. Y esto me hace pensar en ellos, en lo que deseábamos y en lo que deseamos.

¡Qué importantes son los deseos! ¡Qué bonito es desear! ¡Qué magia tiene soplar una vela y pedir un deseo! ¡Qué ilusión ver una estrella fugaz y pedirle nuestro deseo! Ese deseo que pedimos de corazón, con los ojos cerrados para que sea más intenso. Ese que le ponemos imaginación y una dosis de pasión para pedir que se cumpla. Desde niños nos enseñan y nos animan a desear en los cumpleaños, a mirar a las estrellas... Y esa ilusión no tiene edad, lo único que cambian son los deseos que pedimos... De pequeños todos nuestros deseos son cosas pensadas para nuestro pequeño mundo. De adolescentes, nuestro mayor deseo es ser mayores y luego, cuando somos mayores y vemos lo que implica, lo que de verdad deseamos es volver a ser pequeños. Y cuando cumplimos más años, cuando somos mayores de verdad, ya no somos protagonistas de nuestros deseos, porque deseamos para los demás, para los que queremos.

Y ahora, nos vemos en esta situación de confinamiento mundial que aún no somos capaces de creer y nuestros deseos cobran una nueva dimensión. Nos estamos replanteando hasta nuestras ilusiones. Hemos pasado de desear cosas, tiempo, éxito, un trabajo, un ascenso, un cambio, un viaje, una lotería, unas vacaciones largas, una reforma, un cambio de casa... A desear desde lo más profundo de nuestro ser un reencuentro, tocarnos, un abrazo, un beso, un paseo, sentir el sol y el aire. Unas cervezas con amigos, una comida familiar, salir y entrar sin miedo al contagio. Ya no deseamos un cambio, con no perder y mantener lo que teníamos antes de esta pesadilla nos damos por satisfechos. Y sobre todo deseamos salud y que esto acabe cuando antes y que contemos a los nuestros y no nos falte ninguno.

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un día en el que un virus nos atemorizó de tal forma que nos quitó hasta nuestras ilusiones, nuestros deseos, nuestros anhelos. Pero no le dejamos que nos controlara, ni que nos quitara lo más íntimo, nuestra capacidad de soñar. Y comenzamos a desear lo que antes no valorábamos... Y cambiamos el desear en primera persona, porque deseábamos pensando en el otro. Y nos dimos cuenta que íbamos a salir y que todo iba a ir bien, porque lo deseamos con el alma, con los ojos cerrados, con tanta intensidad que era imposible que no se cumpliera.

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